viernes, 1 de junio de 2007

Días de escaqueo

Del mismo modo que en una cárcel el preso tiene la “obligación” de procurarse lo antes posible de algún método para fugarse, un soldado de reemplazo durante la mili obligatoria usaba su imaginación, en este caso no para fugarse, pues se consideraría delito de deserción, sino para idear el sistema de pasar el tiempo lo mejor que pudiera. Los modos y las maneras de escaparse de los servicios eran infinitos.

El escaqueo ya comenzaba a primeras horas de la mañana cuando el cabo de cuartel organizaba y distribuía el trabajo de limpieza en la compañía. Algunos espabilados se escapaban de la misma, no por la puerta, pues se lo impediría el cuartelero, sino por las ventanas con balcón que había en los dormitorios. En el Regimiento de Transmisiones existían numerosos árboles a lo largo de sus calles. Las ramas gruesas de algunos de ellos llegaban a las primeras plantas y pasaban muy cerca de las ventanas, con lo cual era fácil encaramarse a las mismas e iniciar un cuidadoso descenso por el tronco principal hasta llegar al suelo de la acera. Si había suerte y no te pillaba ningún mando que pasara por allí porque entonces el escaqueo te podría salir muy caro.

Si no te podías librar de la limpieza, después de ésta, algunos cogían una manta, la doblaban bien plegada, le daban un “vale por una manta” al cuartelero quien clavaba el papel en un pincho que había colgado de la pared y salían de la compañía hacia las cocheras. Allí, procurando no ser vistos, se subían por la parte de atrás a la caja de cualquier camión aparcado, se metían dentro, bajaban la lona trasera, se tapaban con la manta y a dormir hasta el toque de fagina que era la hora de comer.

Otro lugar ideal para pasar desapercibido era el gimnasio. Se le pedía al soldado encargado la llave, el cual, siempre, como todo buen compañero hacía “la vista gorda”. Te metías dentro, cogías una colchoneta de las que se usaban para amortiguar la caída cuando se hacían saltos de “potro” y “plinto”, elegías un rinconcito y te enrollabas literalmente dentro de la colchoneta para dormir un buen rato.

El almacén de vestuario que se encontraba al lado de la armería, también era un sitio idóneo para escaparse, pero no era muy recomendable por el fuerte olor a naftalina que allí había y que se utilizaba para proteger la ropa contra el ataque de la polilla. Un habitante habitual de este almacén era un enorme gato que también dormía dentro. Se le dejaba siempre entreabierta una ventana del mismo para que pudiese salir y entrar cuando quisiera. En más de una ocasión en que el encargado se olvidó de hacerlo, el gato pegaba un salto desde afuera y de un cabezazo rompía el cristal de dicha ventana para introducirse en el almacén. Más de una vez hubo que reponer el cristal. Sin embargo el gato nunca resultó herido.

El jardín, otro lugar excelente para dormir detrás de algún arbusto. Pero quizás el refugio más complicado pues por las mañanas estaba prohibido entrar en él y muy vigilado por el centinela de la garita más cercana. El ansia del soldado por dormir era debida precisamente a la falta de sueño ocasionada por las innumerables guardias, retenes e imaginarias. En fín, se podría decir como final: “el soldado que no se haya escaqueado alguna vez, que tire la primera piedra”.

De las “Memorias de un ex cabo 1º de Transmisiones”.

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