domingo, 21 de diciembre de 2008

MANDOS DE COMPLEMENTO

A los amigos de “Historias de El Pardo” les voy a relatar, lo mejor que recuerde y sepa, cómo eran los oficiales y suboficiales de la Escala Complementaria que yo conocí en mi época.

Al principio de los años 60 había en el Regimiento de Transmisiones del Ejército —así se denominaba entonces—un pequeño colectivo de mandos intermedios que pertenecían a la Escala Complementaria; unos procedentes de las Milicias Universitarias (IPS), se les distinguía por los cordones de colores que llevaban sobre el pecho: morados, rojos, amarillos, lila… según la carrera que estaban estudiando. Y otros procedían de los cursos regimentales, estos últimos se promocionaban desde cabo, pasaban a hacer el curso de cabo 1º de complemento e inmediatamente el de sargento. En un tiempo record ascendían de un empleo a otro, después realizaban el curso de oficial en el Campamento de la Granja de San Ildefonso junto a los de las Milicias Universitarias. Salían con la graduación de alférez, tan sólo se distinguían de los universitarios en que los regimentales llevaban los cordones totalmente blancos, y tampoco lucían sobre el pecho una placa que ponía “IPS”, por lo demás eran exactamente iguales.

En general, los mandos que procedían de las Milicias Universitarias siempre eran algo más afables en su trato que los profesionales, al tener estudios superiores se comportaban de forma más moderada, y también, porque al fin y al cabo iban a realizar su servicio militar y no querían complicarse mucho la vida, no obstante, también los había “rarillos”, por eso voy a nombrar algunos que se destacaban por sus excentricidades, leyendas que pesaban sobre ellos, o incluso, sus carismas.

En primer lugar citaré a un alférez (IPS) que, incomprensiblemente, se reenganchó; se llamaba José Luis Merino Boves. Este hombre tendría entonces unos 33 años, era casado y creo recordar tenía familia numerosa. Era una buena persona, yo hice algo de amistad con él y recuerdo que en una ocasión estuve en su casa, vivía en la calle Doctor Esquerdo. Ascendió a teniente estando yo aún en el Regimiento. El teniente Merino era director cinematográfico y en cierta ocasión me dijo que él permanecía en el ejército reenganchado porque iba a realizar una película de argumento militar y necesitaba documentarse bien, hasta me mostró un álbum de fotos en blanco y negro de los protagonistas, siento no recordar los nombres. Fue cierto, en el año 1964 dirigió una película cuyo argumento trataba sobre los alféreces provisionales. Después de licenciado fui siguiendo su trayectoria en el cine y fueron varios los premios que ganó a nivel nacional. Trabajó como director, guionista y productor. Al ponerse de moda los “spaghettis westerns”, realizó muchas de éste género y tiene en su haber contabilizado muchos éxitos en películas de mucho más calado temático.

Había otro teniente de complemento—ignoro si era universitario o regimental porque nunca se ponía los cordones, pero decían que era regimental—, se llamaba de apellido Doménech, hablaba poco y muy bajito, siempre iba fumando, tras un pitillo otro, le recuerdo por la forma que tenía de dirigirse a los soldados. Pegaba su cara a la del subordinado de turno, nunca gritaba, en voz muy baja que apenas le podían escuchar, mientras sermoneaba susurrando, daba profundas chupadas o ‘caladas’ al cigarrillo y todas las bocanadas de humo se las echaba en los ojos al pobre soldadito que le tenía que soportar sus extravagancias. De todas formas nunca se escuchó que arrestara a nadie.

El alférez Toribio—éste era regimental—, un buen chico, serio y puesto en su sitio, pero amable con todo el mundo, era apreciado por superiores e inferiores. Casi siempre llevaba botas altas de montar, pero tan arrugadas y echadas hacia abajo que apenas le cubrían la pantorrilla. Hombre muy joven e innovador, vestía el uniforme con cierto aire modernista; para mí no tenía vocación militar, hacía bien su trabajo y nada más. Se contaba de él que su padre, sargento de la Guardia Civil, estaba orgullosísimo de su hijo y cuando éste iba de permiso le esperaba en la puerta de la Casa-Cuartel, al verle llegar gustaba de cuadrarse delante de su hijo. Toribio, a sabiendas de que lo suyo era efímero, con buena cabeza se preparó y consiguió un buen empleo en la vida civil.

Los hermanos Leira son capítulo aparte; sobre ellos existía una leyenda de esas que se fraguan en los cuarteles y al final se dan por reales sin que nadie sepa a ciencia cierta la verdad.

Los dos eran sargentos de complemento y de la rama universitaria; bien metiditos en la treintena estaban reenganchados desde hacía tiempo. Se contaba que los dos habían sido alféreces, pero que estando en un bar alguien habló mal de Franco, o del Régimen—que era lo mismo—y ellos la emprendieron a golpes contra aquellas personas entablándose una pelea brutal, cuando llegó la Policía Militar—entonces se llamaba La Vigilancia—, les arrestaron y después de un juicio militar fueron degradados los dos a sargento. Se llamaban Carlos y Eduardo Leira Fernández-Cid, eran de profesión peritos topógrafos. Llegué a tener cierta amistad con Eduardo y puedo decir que era un buen sargento; eso sí, “vacilón” como él solo. Gustaba llevar las botas altas de montar tanto en verano como en invierno, fumaba varias cajetillas al día y bebía bastante alcohol, pero controlaba bien su capacidad, nunca le vi embriagado. Cuando mandaba la instrucción o estaba de ‘semana’, Eduardo le gritaba a los reclutas: “¡¡Cenutrios, parecéis unos cabritos con pintas amarillas!!” La tropa, lejos de tomárselo a mal, se reía de las ocurrencias del sargento.

Los hermanos Leira, aunque querían aparentar un aspecto feroz—sobre todo Eduardo—, eran buena gente e incapaces de hacerle daño a nadie, disfrutaban con esas expresiones y sus “vacileos”; se les veía muy cultos y alternaban mucho con jefes y oficiales, cosa insólita en aquellos tiempos siendo un simple suboficial.

Existe una anécdota relacionada también con un oficial de complemento. Había un sargento apellidado Quetglas, creo era mallorquín, bastante mayor; alto, enjuto, vestía el uniforme impecablemente, como miembro que había sido de la División Azul lucía en su manga el distintivo correspondiente y en su pecho llevaba varios pasadores de condecoraciones, siempre vestía con botas altas de montar muy brillantes, pero no dejaba de ser un sargento. Nunca le vi hacer servicios, llegaba por la mañana en el autobús oficial, se plantaba en medio del patio a tomar el sol y sólo estaba pendiente del que le saludaba o no le saludaba para echarle la bronca. Parece ser que el hecho de haber sido divisionario le daba ‘patente de corso’.

Un día, bajaba este suboficial por las escaleras de las oficinas que daban al Cuerpo de Guardia, un cabo que se apellidaba Vargas-Machuca subía las mismas escaleras a toda prisa porque se cerraba el plazo de admisión de solicitudes para realizar los cursos de complemento, él iba con su instancia en la mano subiendo los escalones de dos en dos, con tan mala fortuna que tropezó con el sargento Quetglas, éste, le propinó un bofetón que tiró al chico escaleras abajo; al final, con la cara hecha una pena, pudo llegar y entregar su solicitud. A los pocos meses Vargas-Machuca salió de la Granja como alférez y quedó destinado en el Regimiento. Una mañana, con su estrella recién estrenada y puesta sobre su hombrera de la guerrera que todavía llevaba de cuando era cabo—no le había dado tiempo a confeccionarse el uniforme de oficial—, vio al sargento Quetglas como de costumbre en medio del patio, entonces el flamante alférez pasó por delante de él y el sargento se cuadró, el alférez volvió a pasar y el sargento de nuevo se cuadró, así hasta diez o doce veces… Vargas-Machuca que había sido cabo conmigo y teníamos amistad me comentó: “A éste, le quito yo las ganas de estar de plantón en medio del patio para que le saluden porque va a tener él que saludar mucho más”. Así fue, el sargento se percató de que el flamante alférez al que él abofeteó unos meses antes le iba buscando el “fallo” para empaquetarlo y desapareció del patio, cada vez que se cruzaba con el alférez le hacía un saludo de “general”.

Después vendrían otros mandos de complemento: El alférez regimental Villasante, continuó de teniente muchos años y creo que al final lo hicieron profesional por una nueva ley que se promulgó para hacer fijos a los de la Escala Complementaria. El sargento Casillas y un largo etcétera.

Saludos
Antonio (Alicante)

7 comentarios

Gracias Antonio por tan interesante relato, con el tiempo este blog se terminará convirtiendo en un libro de historia del Regimiento gracias a las aportaciones como esta.

Hola: el amigo y compañero Antonio ha descrito con una gran exactitud y amenidad cómo eran aquellos mandos de la Escala de Complemento y de la I.P.S (Instrucción Premilitar Superior) también llamados Milicias Universitarias.

La mayoría eran gentes de gran cultura y con estudios universitarios. Aunque, no sé qué les enseñarían en el campamento de La Granja, pues su formación militar era un poco deficiente. Una vez, estando yo de cabo de guardia, tuve que enseñarle a un alférez de la I.P.S. cómo se tenían que hacer los partes de diana, de arrestados, de retreta, etc… es más, otro día, el suboficial de guardia le tuvo que enseñar a otro alférez cómo se saludaba con el sable. Era curioso verlos a los dos ensayando antes de entrar de guardia.

Respecto a los de Complemento, tuve la suerte de tener como instructor al alférez Gil. Una gran persona. Llegó hasta teniente y, una vez cumplido su compromiso con el Ejército, tuvo las agallas de ingresar en la Guardia Civil, empezando otra vez desde cero.

Un saludo.

Leyendo relatos de esta naturaleza, es como mejor llega a nuestro conocimiento cómo fu el Regimiento en otras épocas. Precisamente, de esto se trata, y gracias a estas entradas, este blog puede convertirse en una fuente inagotable. A esto hay que sumar la maestría y el saber hacer del autor de este comentario, así como la sorprendente capacidad de relatar con todo tipo de detalle hechos de principios de los 60.
Para los autores de este blog es una verdadera alegría contrar entre "nuestras filas" con Antonio, al que le enviamos un caluroso abrazo desde Madrid, Tenerife y Zaragoza.


Gracias de nuevo Antonio. de corazón...

Muchas gracias a Julio, Rafael y Fernando por vuestras amables palabras.
Quiero corroborar lo que comenta Julio sobre la preparación militar de los alféreces de la IPS. En cierta ocasión, en el relevo de la guardia iba yo en cabeza como sargento de guardia (aunque era cabo 1º el servicio era de suboficial), a mi izquierda iba el oficial de complemento, me pidió que le fuera diciendo en cada momento lo que tenía que hacer: saludo con el sable, firmes, descanso, presenten, etc... Estos chicos venían sin tener idea de nada, pero llevaban a su favor la capacidad intelectual que no tenían los profesionales, por eso aprendían pronto.
Un saludo.
Antonio (Alicante)

Hola: se me olvidó mencionar aquí al sargento Quetglas, que como bien dice el compañero Antonio, era mallorquín y gozaba de un “estatus” especial.
Estaba destinado en la oficina de Mayoría y quizá por su condición de “divisionario” rebajado de servicios de armas.
Sin embargo, por ser el suboficial más antiguo y condecorado del Regimiento era uno de los escoltas del Estandarte.
Se le ve en una de las fotos que está en la sección “Escudos y Estandartes” de este Blog. Era alto y flaco, con bigote y con la pechera llena de medallas; entre otras, varias cruces rojas al Mérito Militar y Cruces de Hierro alemanas que obtuvo en la División Española de Voluntarios, también llamada División 250.
Un saludo.

Guardo un buen recuerdo de los de milicias, que así los llamábamos. En general, eran buena gente, haciendo la mili como nosotros, solo que mas acogotados por la responsabilidad de lucir galones o estrellas. Estaban entre dos fuegos, los de arriba que los controlaban mucho y los de abajo, incluidos los suboficiales que los miraban como intrusos. Una posición difícil y en la que para sobrevivir, si eran lo suficinte listos, se aliaban (bajo cuerda) con los de abajo y asunto resuelto. Incluso preferían estar por la residencia de suboficiales a la que les correspondía. Como auxiliar (entre otras cosas) que fui lo puedo atestiguar.
Normalmente, cuando nos llegaban, unos iban acongojados y trataban de mandar a base de gritos y arrestos. no funcionaba, era peor. Otros captaban la trama y rápidamente sondeaban a los veteranos, se establecía una colaboración de mutuo interés y aquello era una balsa de aceite, todo tranquilidad. Los primeros, si no querían amargarse, acababan, aconsejados por los segundos, firmar la paz. la clave éramos los veteranos. Solos estaban perdidos. lo digo sin presunción ni nada parecido, era lo que había.
En mas de una ocasión y llevado por mi olfato, me dirigí directamente a alguno de los primeros, le pedía una entrevista a solas y le ponía al corriente. Se daban cuenta rápido que nosotros, que llevábamos allí mucho tiempo, íbamos a trabajar para él solo a cambio que nos dejase en paz. Funcionaba la mar de bien. Alguno quiso ir por su cuenta, pero los problemas se le multiplicaban solos por su falta de experiencia
Incluso en las muchas guardias, era lo mismo. Llegaban con el miedo saliéndoles por las orejas. Discreta entrevista, si él no lo hacía antes y las guardias eran de ensueño. Sin incidentes, tranquilas e incluso con una marcialidad que les asombraba. Todavía recuerdo la cara de uno, que al tomar el mando de la guardia observó que las tres cuartas partes lucían barbas y uniformes descoloridos. En su cara se leía la palabra PROBLEMAS. Pero reacionó bien, preguntó cuantos abuelos había allí. Todos lo éramos. respiró y con cara de contento nos pidió hacer bien la cosa. Asi fue. Nos mimó hasta el exceso: bocadillos, refrescos... a su cargo. Nosotros correspondimos con una de esas guardias que hacen historia: marcialidad, teatralidad, movimientos de armas, taconazos y demás, que aquello parecía una sección del Tercio. Para mas emoción aquel día, apareció un general de inspección. El hombre quedó impresionado ante el espectáculo y lo felicitó ante nosotros. Al día siguiente cuando el relevo, asistieron, cosa rarísima, hasta tenientes coroneles a disfrutar del espectáculo. El alférez, se salía de la camisa.
Estos eran los de milicias de verdad. Gente de reemplazo que hacían lo que podían.
Solo recuerdo un caso de uno que fue un desastre. El típico señorito andaluz del topicazo, con varios apellidos compuestos con nombres de célebres bodegas, que se dedicó a tratarnos como a los aparceros de sus cortijos. Al suboficial, igual. Algo denigrante que consiguió que pasáramos muy mucho de sus movidas. La guardia fue un desastre para él. Se llevó unas broncas tremendas por las alturas, según nos enteramos mas tarde. Fue un caso aislado, la excepción a la regla.

Saludos cordiales, A. Marrero

Ante la gran recopilación de datos que nos tiene acostumbrados nuestro amigo Antonio de Alicante,casi resulta imposible abstenerse a no dirigir nuevas palabras, que son fruto de sacudir la memoria...
Me refiero a su artículo sobre los "Mandos de Complemento".
No voy a relatar nada nuevo sobre esos personajes, aunque reconozco que hubo de todos los caracteres y estilos. Normalmente eran bastante arrogantes como consecuencia que se sentían universitarios con carrera, a punto de acabar o acabada, con una estrella y un uniforme que encandilaba a las mozas; y también su roce con otros oficiales y jefes. Lo mismo hubiéramos hecho nosotros.
Hablo de los años 50. ¿Cuántos teníamos acceso a la universidad? La mayoria, al cumplir los 14 años ya empezamos la vida laboral y con suerte a clases nocturnas...
Del relato de Antonio, sólo recuerdo al Alférez Domenech (que siempre estaba fumando Bisonte) con una apariencia enfermiza el pobre y con poca de militar.
Recuerdo sin embargo a dos Alféreces muy correctos y educados que incluso nos dieron clases en el Curso de Cabo. De uno me acuerdo su apellido, Dorronsoro, en cambio no recuerdo el otro. Dos bellísimas personas que honraban el uniforme,su carrera y a ellos mismos.
Al Alférez Julián Toribio,que fue nuestro instructor, sólo lo conocí de Cabo.Muy buen chaval, culto educado y yo lo admiraba por sus conocimientos y manejo de radio.
Conocí su ascenso y nos carteamos en algunas Navidades. Quiero significar que, ahora, despues de 50 años hemos velto a "sintonizarnos" por coreo.
En definitiva, más materia para el Blog. Te felicito Antonio
Un saludos a todos y Feliz Año Nuevo
José - MANRESA
29.12.08

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