miércoles, 26 de junio de 2013

ENTRE CRISTIANOS Y MUSULMANES


El libro-revista de las Fiestas Oficiales de la Reconquista (Moros y Cristianos) correspondiente al año 2013 de la Ciudad de Orihuela (Alicante), ha publicado el relato del autor Antonio Colomina Riquelme, “ENTRE CRISTIANOS Y MUSULMANES”.



(Relato basado en hechos reales)


Por Antonio Colomina Riquelme
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Acababa de entrar la primavera, en los jardines del cuartel ya brotaban las primeras flores, a lo lejos se divisaban los picos del Guadarrama con el inmaculado color de una nieve que se resiste a abandonar el invierno. Como todas las mañanas de aquél año 1961 la rutina se repetía una vez más: el rito del relevo de la guardia, el autocar que llega con los oficiales y suboficiales, el cornetín que anuncia la presencia del coronel… todo parecía encontrarse dentro de la más absoluta normalidad. Sin embargo, aquél día un acontecimiento muy importante iba a convulsionar toda la actividad cuartelera.

Sobre las cuatro de la tarde, hora en que la vida militar se relaja y toda la tropa se encuentra en las compañías echados sobre sus literas, escribiendo a la familia o cosiéndose algún botón de la camisa, se escucha el cornetín de órdenes tocando a “generala”. Este toque es poco frecuente en los cuarteles, pero cuando se oye, todo el mundo tiene que salir corriendo hacia el patio de armas con su fusil en la mano, vestido o desnudo, como se encuentre, pero siempre portando la prenda de cabeza y su armamento. Esta formación no exceptúa a nadie, incluidos jefes, oficiales, suboficiales y tropa.

Se encontraba todo el regimiento formado, una gran muchedumbre caqui sobre el patio central de armas. De pronto, por la puerta principal apareció el Coronel-Jefe, acompañado del Teniente Coronel, el Comandante Mayor y el Capitán Ayudante. El coronel, perfectamente uniformado, luciendo sobre las bocamangas de su guerrera tres estrellas de ocho puntas bordadas en oro y una decena de condecoraciones en el lado izquierdo de su pecho, asiendo un bastón bajo su brazo derecho al tiempo que entrecruzaba sus manos para ajustarse los guantes de cuero, se colocó donde todos podíamos verle y comenzó su arenga dentro de un silencio y una expectación impresionante:

— “¡Soldados, la Patria nos llama, se están produciendo en el Sahara Occidental unas incursiones por parte de tropas del país vecino que dificultan las prospecciones petrolíferas y de fosfatos en aquél territorio español, es necesario reforzar nuestra guarnición en El Aaiún con una compañía expedicionaria de nuestro regimiento. Voluntarios para esta misión, un paso al frente!”.

Naturalmente se escuchó en la explanada el estruendo de un millar de pares de botas dando un paso hacia adelante con el consiguiente taconazo.

Pasaron unos días y ya quedó configurada la compañía expedicionaria que abría que partir en misión especial hacia el territorio saharaui. El que esto les escribe fue uno de los seleccionados.

Casi sin darnos cuenta nos vimos en la estación de Atocha subiendo en un convoy militar con dirección a Valencia: Casi doscientos hombres entre oficiales, suboficiales y tropa, vistiendo uniforme reglamentario con correaje y cartucheras, portando subfusil Naranjero con su correspondiente munición, el tabardo y una manta enrollada puesta a modo de bandolera; petate con ropa, cantimploras, marmitas… Una treintena de vehículos Jeep Land Rever pintados del color de la arena del desierto dotados de emisoras de campaña MK II. Llegamos al puerto levantino y allí aguardaba el Ciudad de Toledo, un buen barco preparado para carga y pasaje, unos años antes había servido como ‘buque exposición’ habiendo navegado por infinidad de países. Todos a bordo con el material de campaña relatado anteriormente nos dirigimos hacia Las Palmas de Gran Canaria. Tres días de navegación para entrar en el Puerto de la Luz de la capital insular. Tras comer en un acuartelamiento que se encontraba en lo más alto de la ciudad y cuyo trayecto tuvimos que realizar a pie, regresamos al puerto de nuevo, igualmente caminando y portando el pesado equipaje.

Al anochecer de aquél día nos embarcaron de nuevo, esta vez en un cascarón de barco que capitaneaba un desaliñado individuo. Desde Las Palmas de Gran Canaria hasta la playa de El Aaiún, toda una noche en una mar revuelta que balanceaba aquél barcucho como si de una pluma se tratara, al llegar nos desembarcaron en unas barcazas anfibias útiles para mar y tierra que nos transportaron hasta la playa, ya que no existía puerto alguno. Allí, unas camionetas descubiertas nos condujeron hasta la capital del Sahara, no sin antes llevarnos el susto que sirvió de antídoto para lo que había de venir. Desde las camionetas escuchamos una ráfaga de ametralladora no muy lejos de nuestros vehículos. Agachamos nuestras cabezas atemorizados. Nadie sabía lo que ocurría, nadie daba información, tuvimos la sensación de ser unos corderos que iban al matadero. Un cabo primero todo nervioso extrajo de su bolsillo un rosario y con la cabeza inclinada comenzó a rezar en voz alta, algunos nos sumamos a la oración. Afortunadamente solo fue eso, un susto, al parecer esos tiros provenían del arma de un legionario que pudo haber sufrido alguna confusión estando de centinela.

Ya nos encontrábamos en “la morería” sanos y salvos, aunque maltrechos por tan penoso viaje. El Aaiún, con sus casitas blancas de adobe y su cúpula en forma de medio huevo. La ciudad estaba compuesta por una calle donde se encontraba el casino militar y al fondo la única iglesia. Nos alojaron en unos barracones de madera a la espera de recibir instrucciones para realizar la misión que nos llevó hasta aquellas inhóspitas tierras. Tuvimos dos días de asueto para reponernos, aunque con la comida que nos servían era casi imposible restablecerse: guiso de patatas con carne de camello, o guiso de judías pintas con carne de camello, era el menú más habitual. El camello, o mejor dicho, el dromedario, se encontraba siempre presente en la vida saharaui, ese animal servía para todo: como medio de transporte, para fabricar jaimas con su pelo, y también para comer su carne, aunque para nosotros era intragable.

En lo que a mí respecta enseguida recibí una carpeta de manos de mi capitán conteniendo las instrucciones de mi trabajo. Me puso como ayudante a un cabo especialista en radio y un conductor perteneciente al Cuerpo de Automovilismo del Ejército. El Jeep Land Rover nº 24 con su emisora de campaña MK II, asimismo me hizo entrega de un vale para retirar de intendencia rancho en frío: algunas latas de conservas, arroz, harina, leche condensada y poco más, para un tiempo no superior a 10 días. A la mañana siguiente debía incorporarme con todo mi equipo a una patrulla mixta, compuesta por Tropas Nómadas —nativos adscritos al ejército español— y miembros de la Policía Territorial, todos bajo las órdenes del teniente Vidal del arma de Infantería.

La salida de El Aaiún hacia el interior del desierto fue muy temprano, sobre las siete, a esas horas ya estaba el sol muy alto, el calor anunciaba ya el tórrido día que nos esperaba. Nos dirigimos hacia Smara, ciudad que los nativos consideraban santa, no sin antes realizar algunas paradas para las oraciones de los musulmanes adscritos a la patrulla. Me llamaba la atención la disciplina que ponían y la fe que derrochaban cinco veces al día en sus rezos, estos moros al servicio del ejército español podían estar el tiempo que fuera sin comer o beber, pero a la hora de sus plegarias, siempre de rodillas y encorvados con la cabeza orientada en dirección a La Meca, eso era absolutamente primordial para ellos.

En Smara tuve ocasión de asistir, junto a un compañero que llevaba tres años destinado allí, a una boda de nativos, se celebraba en una jaima y ya habían pactado la dote que debía pagar el novio: 1 camello, 4 cabras, una pieza de tela y una pulsera. Tras el rito correspondiente, nos sentamos todos en el suelo de la jaima, como aperitivo nos pusieron unos dátiles, después un couscus con carne de cabra o cordero —no supe distinguirlo—, luego una ronda de tres vasitos de té con azúcar de pilón y algunos dulces artesanales hechos con harina y miel. Tras dar las gracias felicitamos al novio, y mi amigo y yo nos dirigimos hasta el acuartelamiento, pues se hacía la hora de arriar bandera por parte de una Unidad de La Legión y en ese acto debíamos estar toda la guarnición presentes. Ellos continuaron con su celebración cantando, bailando y tomando té, mucho té.

Partimos toda la patrulla desde Smara con dirección a Guelta Zemmour, el destacamento más oriental, casi fronterizo con Mauritania, hicimos noche en medio del desierto. Sobre las 23 horas, comenzó un fuerte siroco, las dunas de arena se movían de un lado hacia otro como si de un papel se tratara, tuvimos que refugiarnos en el interior de los vehículos herméticamente cerrados mientras la arena nos golpeaba peligrosamente. A las cinco de la madrugada amainó el viento y la mayoría de los vehículos quedaron medio sepultados por la arena. El problema surgió al no poderse abrir las puertas que quedaron bloqueadas; al final, unos saharauis de la patrulla que quedaron fuera de los coches a sabiendas de lo que podía suceder, pudieron rescatarnos con palas a todos los demás.

En Guelta Zemmour recibimos un radiograma del Mando dando la orden de ir a dar escolta y seguridad a los ingenieros que trabajaban en los yacimientos de fosfatos de Bu Craa. Ya no nos quedaba agua y antes tuvimos que buscar un oasis para llenar nuestros recipientes (pieles de cabra curtidas). Llegamos hasta un lugar donde había un pequeño pozo y pudimos extraer algunos cubos de agua turbia, eso sí, muy fresca y agradable de tomar. Rellenamos nuestros guirbis (así le llamaban los moros a aquellos receptáculos) y emprendimos de nuevo la marcha. Durante el trayecto sufrimos un percance, vimos a uno de los nativos que sangraba abundantemente por las dos piernas. Dio el teniente el alto y atendimos de inmediato con nuestro botiquín a aquél hombre. Después nos enteramos que se había autolesionado con una hoja de afeitar ambas piernas produciéndose hondas incisiones que, de no haberse actuado a tiempo se podía haber desangrado en pocos minutos. Según nos dijo él mismo, era un remedio para aliviarse el dolor que sufría en las extremidades inferiores.

Al fin, divisamos en medio de la arena dos vagones plateados que brillaban como si de plata fueran. Eran los habitáculos donde vivían los técnicos norteamericanos de los yacimientos de Bu Craa. Nuestra patrulla tuvo que prestar servicio de seguridad durante unos días. En el interior de aquellos furgones había de todo: refrigeración, duchas, camas, alimentos, bebidas frescas, y una limpieza extraordinaria; pero allí no podíamos pisar. Solo tenían la atención de invitar en su interior al jefe de la patrulla. Cada mes, un avión bimotor aterrizaba sobre campo de tierra cerca del campamento y transportaba a los ingenieros hasta Las Palmas de Gran Canaria con unos días de asueto. Este personal era muy valorado en su trabajo y gozaban de toda clase de privilegios.

Tras unos días de guardia en el exterior de aquellos vagones, regresamos de nuevo a El Aaiún.

Tuvimos unos días de descanso y la oportunidad de tomar una ducha con una regadera y un poco de agua, la justa para enjabonarnos y aclararnos. Enseguida partimos de nuevo de patrulla, esta vez agregados como radiotelegrafistas a tropas de La Legión. Nos dirigimos en dirección a Hausa y Mahbes, este último destacamento español era el más cercano a la frontera con Argelia. Aquí tuvimos un jefe de patrulla aficionado a la caza, no nos faltó carne. Se situaba en algún lugar estratégico con el mosquetón máuser y, en cuanto se ponía una gacela o antílope a tiro, lo abatía sin fallar. No obstante, nos llevamos un gran susto una de aquellas noches que tuvimos que acampar en pleno desierto. Me encontraba pasando por radio, como siempre en código Morse, la rueda de las cuatro de la madrugada, había una gran interferencia (QRM 5), entre ruidos y con mucha dificultad escuché a la emisora central del alto Mando que me llamaba con un mensaje oficial urgentísimo (QTC SDD). Le respondí que estaba preparado para recibirle, (QRV). Me transmitió el mensaje cifrado y le di el acuse de recibo (QSL). De inmediato me fui a despertar al teniente y vino conmigo hasta el Land Rover para descifrar el contenido del texto que venía en código murciélago. (Nomenclatura utilizada para este tipo de cifrado). Venía a decir: “¡Salgan inmediatamente de esa posición Stop corren grave peligro de atentado Stop diríjanse sin pérdida de tiempo hacia el punto ordenado Stop!”

Naturalmente, en menos de cinco minutos nos pusimos todos en marcha con el armamento cargado y en posición de prevengan.

En Mahbes era habitual escuchar, sobre todo en las noches, algunos tiros al aire provenientes de la parte argelina, seguramente para que fueran escuchados por las tropas españolas destacadas, con el único objetivo de intimidar.

Después vendrían otros servicios por el interior del desierto, siempre acompañando a Tropas Nómadas, Tropas de la Policía Territorial y Fuerzas de La Legión. Lo más lastimoso que pude presenciar fue la matanza de un dromedario para consumo de su carne. No se me olvidará nunca los ojos de aquél pobre animal que miraba a sabiendas —creo yo— de que lo iban a sacrificar. Parecía llorar, sin ofrecer ninguna resistencia… El dromedario es un animal pacífico y servicial, no es capaz de hacer ningún daño y es austero en su alimentación. Ese día no pude comer.

El 13 de junio, me encontraba muy lejos de El Aaiún, en el destacamento de Hagunía, sobre las cinco de la tarde, pasando la rueda reglamentaria con mi emisora me anunció la central un radiograma, (QTC 1). Le di paso para recibirlo (QRV). El texto decía: “Muchas felicidades Stop un beso Stop Mari Carmen”. No recordaba que era el día de mi santo. Mi novia me había puesto un telegrama desde Orihuela hasta el Aaiún y desde allí lo retransmitieron los compañeros hasta mi emisora. Mi sorpresa y alegría fue inmensa, creo que fue lo mejor de mi estancia en el desierto.

El 4 de julio me hallaba en el interior del Sahara, en el paraje conocido como Tisbora, de pronto vi aparecer un avión Junquer que aterrizó muy cerca, un compañero salió del aparato en mi busca, me dijo que tenía orden de relevarme y yo debía regresar en el mismo avión hasta El Aaiún porque la compañía expedicionaria a la que yo pertenecía regresaba al acuartelamiento de Madrid urgentemente. Mi alegría fue indescriptible, por fin saldría de aquél infierno de altas temperaturas que siempre rondaban los 55º a la sombra. A toda prisa, pues el piloto apremiaba, redacté un recibo sobre el capó del vehículo en uno de los impresos de los radiogramas, y se lo hice firmar al cabo radiotelegrafista que me relevó. Subí a bordo del aparato y en media hora tomaba tierra en el aeropuerto de la capital saharaui.

A la mañana siguiente, con un sentimiento de tristeza por el fallecimiento de un compañero —no por acción bélica, ni por atentado, sino por un desgraciado accidente del vehículo que conducía, éste derrapó por un terraplén con resultado de muerte—, nos dirigimos en camionetas hasta la playa de El Aaiún; allí, en lanchas, nos llevaron hasta el buque Virgen de África, para subir a bordo tuvimos que realizarlo trepando por unas escaleras de cuerda que nos arrojaron desde el barco. Nos condujeron directamente hasta el puerto de Cádiz donde nos esperaba un tren, exclusivamente para nosotros, que nos trasladaría hasta Madrid.

Mi experiencia entre cristianos y musulmanes fue muy gratificante a nivel personal, aunque penosa por las condiciones en las que tuve que desempeñar mi cometido. De todas maneras, recuerdo con cariño mi estancia allí, y siempre echaré de menos aquellas impresionantes puestas de sol, y las noches en medio del desierto, sentados en el suelo junto a los nativos alrededor de una hoguera, tomando vasos de té con azúcar de pilón en ronda de tres en tres. Pero sobre todo, la solidaridad que había entre nosotros en los momentos difíciles o de peligro.

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(Fotos: Colección de A. Colomina)

 Improvisado recibo redactado en un impreso de telegrama.


El autor de este relato (a la derecha), junto a dos compañeros en una foto de broma para remitir a las novias de ambos.
Unos nativos con su dromedario por las afueras de El Aaiún.
 Única iglesia cristiana que existía en El Aaiún en 1960.


Buque “Ciudad de Toledo” que transportó a la Compañía Expedicionaria desde Valencia hasta Las Palmas de Gran Canaria.
(Fotos: Colección de A. Marrero)
Capitán D. Bernardo Vidal
Base de los "petrolitos"
Base de los "petrolitos"

domingo, 23 de junio de 2013

REGRESO AL CUARTEL… CINCUENTA Y CINCO AÑOS DESPUÉS


Acompañado por mi mujer nos acercamos a la entrada de mi antiguo cuartel cincuenta y cinco años después de haber salido de él licenciado el 29 de junio de 1958. Hoy, 21 de junio de 2013, el acuartelamiento Zarco del Valle, de El Pardo, celebra su primera jornada de puertas abiertas y esperan que no sea la única, ojalá. Su intención es acercar las actividades militares a la sociedad civil, mostrarles su trabajo, compartir sus experiencias.

Han elegido bien el día, luce el sol, aunque celado a ratos por nubes pasajeras, el aire es puro y la temperatura primaveral. Han dispuesto una considerable cantidad de personal para atender a los visitantes con una amabilidad tan exquisita que merecía mayor concurrencia. Nos ofrecen un bocadillo y un refresco. Mientras nuestro pequeño grupo espera a iniciar la visita guiada, un veterano de mi edad nos cuenta, para mi sorpresa, que entró en ese cuartel en 1950 con 14 años cumplidos. No sabía yo que entonces se admitieran chicos tan jóvenes como voluntarios, todavía me cuesta creerlo.

No logro identificar el lugar hasta que me doy cuenta de que no estamos en el antiguo Regimiento de Transmisiones sino en lo que conocí como Parque Central de Transmisiones.

Comienza la visita en el almacén informatizado de materiales. Nos informan que despachan mensualmente unas 700 órdenes de piezas y repuestos a todas las unidades del Ejército de Tierra con equipos de transmisiones en España o fuera de ella. Tras asistir a una demostración de limpieza y recubrimiento de metales en los tanques del pequeño laboratorio químico, visitamos las amplias naves de los talleres, con luz solar, donde se trabaja en lo que pudiera llamarse matricería electrónica con rayos láser, montaje de equipos, reparación de motores, generadores de campaña y, lo que me resulta más interesante, la instalación de equipos de telecomunicaciones en un potente vehículo de transporte para acompañar convoyes.

No puedo evitar sonreír cuando el atento subteniente nos explica las características de estos vehículos. Se reciben totalmente blindados y se añaden y acoplan en el Parque los variados equipos de comunicaciones: radiotelefonía, interfonía (para las comunicaciones entre los miembros del vehículo) y enlaces por satélite. El vehículo también trae dos asientos, anclados, para el personal auxiliar. Cuando termina las explicaciones le cuento la razón de mi sonrisa al evocar los Dodge con cubiertas y puertas de lona y plástico que utilizaba la Compañía Expedicionaria de Radio en el Sahara en 1957-58: estaciones MK-II precariamente montadas sobre los asientos traseros y antenas de varillas enroscables. Con los tumbos de la marcha por las pistas del desierto teníamos que sujetar los equipos con los pies y tratar de reenroscar las varillas de las antenas antes de que saltaran y se perdieran. Me devuelve la sonrisa el subteniente y dice que eran otros tiempos… Claro, cincuenta y cinco años: toda una vida.

Pasamos al modesto museo que mantiene el Parque: destaca un antiquísimo pianillo de telegrafía movido por pesas (nunca había visto algo igual), una máquina alemana de la II Guerra Mundial para mensajes cifrados y poco más que variados equipos de telefonía. El veterano saluda y es correspondido por todos los que nos encontramos. Debe residir en El Pardo. Continúo pensando en lo de sus 14 años.

Nos piden que nos apresuremos porque acaba de empezar la exhibición de perros amaestrados de la Guardia Civil. Los perros muestran sus habilidades y disciplina, no sorprende porque ya lo hemos visto frecuentemente en la televisión.

Va a comenzar el concierto de música militar en el patio de armas. La audiencia es notable bajo las carpas preparadas para invitados. Como estoy irremediablemente sordo, prefiero deambular por los lugares que realmente quería visitar: las instalaciones del Regimiento. Vuelvo a admirar los bellos edificios neoclásicos con cenefas neomudéjares de ladrillo rojo y enfoscado blanco que cumplirán cien años en esta década, pero me sorprendo de no sentir ninguna emoción al recorrer sus calles perfectamente alineadas y me doy cuenta de que mis emociones, mis sentimientos de compañerismo, de ayuda mutua, de confidencias, de amistad, de sacrificio, de ilusiones, que suelen asociarse a la vida de milicia corresponden a los ocho meses que compartí con mis compañeros en el Sahara.

Descubro el edificio de la que fue mi compañía: la 1ª de Radio. Dos carteles en la puerta dicen CECOM y ALOJAMIENTO Y VESTUARIO MASCULINO. Me hubiera gustado recorrer las plantas de dormitorios pero no encuentro a nadie que me autorice. En el cuerpo de guardia me dicen que todo está transformado, que no lo reconocería porque se han parcelado en habitáculos más pequeños. Me acerco a la pequeña cantina que recordaba. Continúa en el mismo lugar pero ahora es enorme y bien surtida, tiene aseos y hasta duchas. No parece haber mucha actividad, probablemente porque hoy es un día especial. Encuentro algún grupo de soldados (chicas y chicos) practicando la instrucción como hacíamos nosotros. Pienso que tendrán las mismas ilusiones que teníamos. Nos diferencia el equipamiento. Estupendos uniformes de campaña de diferentes tonalidades, magníficas y variadas botas, boinas de colores, armas modernas, cartelas que les identifican por apellido, rango y unidad militar. ¡Qué diferencia con los monos caquis, las alpargatas blancas y los mosquetones de hace 55 años! Me parece observar un trato respetuoso, pero mucho más distendido que en mis tiempos, y que el porcentaje de chicas supera al 14% que acabo de leer que componen el ejército actual.

Una grata sorpresa: el botiquín está en el mismo sitio que conocí; también el comedor de tropa y el de mandos. Aquí parece que se hubiera detenido el tiempo. Pero no, porque al lado del botiquín, en lo que creo recordar que era la compañía de Parques y Talleres, veo un letrero que dice ALOJAMIENTO Y VESTUARIO FEMENINO. Me parece el mejor símbolo del cambio.

Termina el concierto y nos ofrecen el desfile de una compañía en filas de a nueve. Continúan ordenándose por estatura, así que hay abundancia de chicas en las últimas filas. Recuerdo lo difícil que era desfilar de a nueve y lo mal que se me daba la instrucción.

A la salida nos obsequian con una bolsita que contiene pequeños recuerdos. Camino del autobús descubro que el acuartelamiento ya no se llama Regimiento de Transmisiones sino UNIDADES DE TRANSMISIONES. Releo el folletito que nos han dado a la entrada y veo que ahora lo componen cinco unidades de transmisiones: el Parque y Centro de Mantenimiento de Material de Transmisiones (PCMMT); la Unidad de Transmisiones del Mando de Artillería Antiaérea (UTMAA), que me parece que es heredera del antiguo Regimiento de Transmisiones; la Unidad de Guerra Electrónica (REW 31); el Parque y Centro de Mantenimiento de Sistemas Hardware y Software (PCMSHS) y la USAC Zarco del Valle, que es la unidad de Servicios de Acuartelamiento. Todas ellas bajo un único mando.

En el autobús, de vuelta a Madrid, coincidimos ambos que habíamos pasado una agradable mañana. Desde aquí, agradezco las atenciones y les deseo suerte en futuros empeños.

Texto y Fotos: Francisco Acebes

Junio de 2013
 

Entrada al Botiquín
Museo
Interior de un vehículo de comumicaciones
Instalando equipos en un vehículo blindado
Monumento a los Caídos
Concierto de la Banda en el patio de Armas
Detalle del patio de Armas
Edificio de la antigua 1ª Compañía de Radio

Apacible rincón cerca del comedor de tropa.

domingo, 16 de junio de 2013

Jornada de Puertas Abiertas

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El próximo viernes 21 de Junio, se celebrará en el Acuartelamiento Zarco del Valle una jornada de puertas abiertas, en la que se podrán visitar las instalaciones entre las 9, 30 y las 13,30 horas.


Más información aquí:
http://www.elpardo.net/2013/06/14/jornadas-puertas-abiertas-acuartelamiento-zarco-del-valle-el-pardo/




domingo, 2 de junio de 2013

Día de las Fuerzas Armadas 2013

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