Historias de El Pardo

Un lugar para el recuerdo de los Veteranos del Regimiento de Transmisiones



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10/06/2014

3ª Promoción IPE nº 2 del Ejército de Tierra

Treinta y seis años atrás de nuestros días, desde aquí fui destinado al Regimiento de Transmisiones. Muchos de esta promoción están hoy en activo...Otros elegimos diverso camino...Pero unos y otros conservamos un grato recuerdo de nuestro paso por el IPE.

Desde este blog dedicado al recuerdo de quienes cumplimos en El Pardo, envío mi más cordial saludo a todos y cada uno de los que en su día fueron compañeros míos, y a lo que les sigo considerando como tales.




Uno de los autores de "Historias de El Pardo" con Viñas.

03/01/2010

1 DE ENERO DE 1961. EN RECUERDO DE TRES HOMBRES BUENOS


Año Nuevo de 1961, me encontraba en el regimiento bastante solo, muchos compañeros se hallaban disfrutando el segundo turno de permiso navideño; sobre las 4 de la tarde decidí tomar el autobús con destino a Madrid en la misma parada que tenía en la puerta del acuartelamiento. Llego a Argüelles y emprendo mi caminata de costumbre: Princesa abajo desemboco en la Plaza de España, tomo la Gran Vía y llego a Callao. Hacía frío, entré en Billares Callao, un emblemático salón donde la gente jugaba al billar y ponía discos echando un duro en aquellas máquinas tragaperras que hacían girar los microsurcos. Tras tomarme un café bien caliente y escuchar Diana, de Paul Anka —por entonces mi cantante preferido—, permanecí allí un buen rato, una vez entrado en calor salí de nuevo a la calle y reanudé mi recorrido, pasé por la puerta de una sala de fiestas, creo recordar se llamaba Lus-May; eran ya casi las 7 de la tarde, una hora un poco avanzada para tener que regresar a El Pardo en el último autobús que salía sobre las 10,30 de la noche. Pero era día de año nuevo y yo estaba dispuesto a divertirme un rato, así que entré en Lus-May. Para los que no conocieron aquella magnífica sala les diré que era impresionante, muy grande, varias pistas de baile, orquesta sobre un gran escenario, chicas y chicos llenando multitud de mesas… No había visto nada igual. Lo típico, saqué a una chica a bailar y estuve con ella hasta que miré el reloj y me di cuenta que debía darme prisa si quería tomar el último autobús. Cogí el Metro y me metí en Argüelles, con tan mala fortuna que perdí el autobús por 15 minutos.
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Mi desolación fue total, me vi en Madrid solo, helado de frío, casi las 11 de la noche, ya no me quedaba en el bolsillo dinero ni para un bocadillo, sólo tenía lo justo para el autobús. Pensé que si me dirigía caminando hasta la carretera de El Pardo alguien podría recogerme y trasladarme hasta la puerta del cuartel. Me puse en marcha y al pasar por el Arco del Triunfo ya me encontraba extenuado, había caminado mucho durante la tarde y estuve más de dos horas bailando, ya no podía más. Por otra parte, en aquella época no había casi tráfico alguno con dirección a El Pardo, y menos a esas horas, así que raramente podría hacer auto-stop.
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Tenía necesidad de sentarme en alguna parte y resguardarme del intenso frío, vi una puerta en el Arco del Triunfo entreabierta, salía un haz de luz, me acerqué y, tímidamente empujé, allí había tres hombres sentados en sillas bajas con una fogata en medio, se calentaban y asaban trozos de panceta que ponían sobre unas rebanadas que cortaban de una hogaza grande. Me miraron y uno de ellos me dijo: “¡Pasa hombre!, ¿qué haces a estas horas por aquí?” Les expliqué que era cabo 1º y todo lo que me había ocurrido. Uno de ellos me dijo: “No te preocupes chaval, nosotros somos guardas de este arco y de una obra que hay aquí cerca, cena con nosotros y descansa a la lumbre, mañana a primera hora podrás coger tu autobús”.
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Así lo hice, tras tomarme una rebanada de pan con panceta y un trago de vino de una bota, me quedé dormido junto a la hoguera, a las 7 de la mañana, tras darles las gracias por su providencial ayuda, me marché en busca del autobús. Llegué al regimiento y, aprovechando que no tenía servicio, me metí en la cama.
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Cada vez que veo en fotos o en televisión el Arco del Triunfo siempre le comento a quien esté a mi lado: “Ahí pasé una noche de año nuevo sentado al lado de tres hombres buenos que fueron providenciales para mí”.
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Feliz Año 2010 a todos los lectores de Historias de El Pardo con mis mejores deseos.
Antonio Colomina
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El equipo de “Historias de El Pardo” se enorgullece de poder iniciar el año nuevo con este trabajo de Antonio Colomina al que siempre estaremos eternamente agradecidos, al ser uno de los más importantes engranajes de este Blog.
Antonio Colomina, escritor, acaba de publicar su primera novela “Como la seda y el esparto” una obra que lleva por subtítulo 'Memorias de un zagal de la posguerra', que ha sido editada por ECU (Editorial Club Universitario). Un volumen de 207 páginas, prologado por el también oriolano y escritor Julio Calvet Botella.
Anteriormente ha publicado los libros 'Orihuela, dulce pueblo' y el segundo, 'Orihuela, sus calles, sus plazas, sus gentes'.
El compañero y amigo Antonio Colomina es un lujo para “Historias de El Pardo”.

03/12/2009

El Cabo Emilio



A propuesta de Francisco Acebes, abrimos hoy una nueva sección titulada "GENTE ENTRAÑABLE" dedicada, en palabras de Acebes, a "compañeros del servicio militar (obligatorio o no) que dejaron una huella positiva, a veces, imperecedera en nuestras vidas, que nos sirvieron de guía o de estímulo para ser mejores". 
Es un testimonio más de la impronta del Regimiento en nuestras vidas, pues el paso implacable del tiempo no ha borrado aquellos recuerdos, a pesar de ser muchas y muy variadas las experiencias que, tras esos años, hemos ido viviendo.


Muchos somos los que, como Acebes, recordamos a compañeros y superiores con grata nostalgia, tanto de nuestra juventud, como de aquella vivencia en El Pardo.


=== así nos describe a un Cabo, de nombre Emilio ===




Emilio había ingresado en Regimiento en la primavera de 1956.  Cuando yo tuve la fortuna de conocerlo en marzo de 1957 era cabo de la Primera Compañía de Radio e instructor de los reclutas que acabábamos de ingresar a la Segunda Compañía de Radio. El trato entre instructores y reclutas era, en general, amable, aunque con las inevitables y escasas excepciones que prefiero no recordar.  Pero, aun así, Emilio era diferente.  Para empezar, era tres años mayor que su quinta, cuatro años mayor que nosotros.  Su trato era deferente, su lenguaje pulido denotaba una cultura superior de la que nunca le escuché alardear, su forma de instruir y mandar sin estridencias generaba el respeto inmediato.  Por otra parte, era alegre y positivo.  Nos hicimos buenos amigos. Un día me contó su historia, que me aclaró muchas de las incógnitas que me había planteado sobre su persona: Emilio había estado en dos ocasiones a punto de ordenarse sacerdote.  Faltándole muy pocos días para tomar los hábitos había caído enfermo sin que los médicos encontraran la causa de su enfermedad.  Su superior le había dado permiso para regresar a su casa y reponerse.  Volvió físicamente repuesto y seguro de su vocación, pero recayó en la enfermedad tan pronto como se acercó de nuevo el día de su ordenación.  Esta vez, el director del seminario, sospechando que la enfermedad era de origen psíquico, le aconsejó que pospusiera la ordenación indefinidamente, que volviera con su familia y que reflexionase sobre si se sentía con fuerzas para afrontar los rigores del sacerdocio. No volvió al seminario y tuvo que cumplir el servicio militar que había aplazado durante tres años.  Se había echado novia, estaba muy enamorado pero se encontraba con la oposición del padre de ella al noviazgo.  Ni yo le pregunté ni él me explicó las razones, pero me imagino que tendrían que ver con la precaria situación de Emilio en ese momento, con año y medio de mili por delante y sin trabajo no era precisamente el pretendiente ideal. No por haber dejado el seminario, Emilio había abandonado la práctica religiosa.  Pero era, como en tantas otras cosas, tolerante.  Un día, posiblemente cerca del día de San Fernando nos anunciaron que toda la compañía tomaría la comunión en el Cristo de El Pardo.  Yo no era, ni soy, creyente y me parecía una falta de respeto participar en algo contra mi voluntad.  Le conté mi predicamento a Emilio.  Me dijo que no me preocupara y que él me sacaría de la fila una vez dentro de la iglesia.  Pero cuando vino a sacarme, quizá influenciado por la serenidad de aquella mañana soleada en la quietud del monte de El Pardo, decidí participar.  Ni me preguntó las razones, ni yo se las dí. Cuando nos licenciamos pensamos continuar la buena relación, pero la salida casi inmediata en maniobras y luego la marcha al Sahara trastocaron los planes y nunca más volví a verle aunque siempre he guardado su buen recuerdo. Ójala la vida haya sido benévola con Emilio, el perfecto hermano mayor.  Si alguna vez llegara a leer estas líneas reciba con ellas mi fraternal abrazo. 











27/06/2009

¿Quién plantó estos arbolitos?


Este relato que sigue a continuación es un pequeño homenaje al teniente Iglesias, al sargento Gajete y a los soldados de innumerables reemplazos que plantaron, regaron con agua y cuidaron de los numerosos árboles, que hoy adornan las calles y jardines del acuartelamiento Zarco del Valle.------------
Hubo una vez un teniente que estuvo muchos años ejerciendo como teniente subayudante, es decir, segundo ayudante del coronel. El primer ayudante era un capitán. El teniente de nuestra historia, además de ejercer su cargo: llevar la subayudantía y revistar a diario a la guardia entrante, era el responsable del despacho del pan, de la lavandería, del almacén de vestuario…También se encargaba los domingos de preparar el altar para que el capellán celebrase la Misa de campaña. Y también hacía de abanderado cuando había ceremonias militares, al ser el teniente más antigüo.
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Un día en el bar de oficiales, mientras se tomaba solo un café (porque no bebía ni fumaba) un alférez de la I.P.S. (milicia universitaria) le dijo: “Usted, mi teniente, debe de ganar mucho dinero porque le veo por el cuartel todos los días y a todas horas…” La respuesta del teniente no se hizo esperar: “ ¡ ja, ja, ja, ….!”. Le dio un ataque de risa. Era evidente que a pesar de tanto trabajo el teniente cobraba la misma paga que los demás.
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Aparte de las funciones citadas, le encargaron reforestar el cuartel del Regimiento de Transmisiones, para lo cual le dio el coronel carta blanca y que no reparase en gastos: comprar árboles en los viveros, plantar dichos árboles, arbustos, comprar flores y abonos para el jardín, podar en su temporada los árboles ya existentes, etc… y con la colaboración del equipo de soldados del sargento Gajete (padre) comenzó dicha tarea, que se prolongó en el tiempo durante los años siguientes. Ya se quedó con el mote de “el teniente de los arbolitos”. Toda la zona forestal y jardines del cuartel que hoy en día lucen tan hermosos, son obra de él y de la gente que intervino en este trabajo. Esta actividad se realizó durante los mandatos de los coroneles Bellod, Escandella y Fernández Gabarrón.
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En una época (años 60) en que la mayoría de los hijos o familiares de militares no pisaban los cuarteles (sólo hacían la instrucción y juraban Bandera) un sobrino de este teniente decidió ingresar como voluntario en el Regimiento. Porque su padre ya le advirtió que: “los familiares de militares deben de hacer la mili como todo el mundo y hay que predicar con el ejemplo, así que tú a la mili”.
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Este soldado, encontrándose en una de las clases teóricas al aire libre en el patio, un día le llamó el sargento Mayayo que daba dicha clase, le agarró por el hombro y dijo en voz alta delante de todos: “El tío de este chaval fue quien plantó todos estos arbolitos”. A partir de aquel día y hasta su licenciamiento, el sobrino del teniente tuvo que sufrir las bromas de sus compañeros y cada vez que se cruzaban con él le decían con mucha guasa: “ ¡Ehh ¡ ¿Quién plantó estos arbolitoooos?”.
A la izquierda: el sargento Gajete. A la derecha: el teniente Iglesias.
Delante del altar desmontable de San Fernando
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(de las "Memorias de un ex-cabo 1º de Transmisiones)