Historias de El Pardo

Un lugar para el recuerdo de los Veteranos del Regimiento de Transmisiones



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09/09/2010

Otra feliz coincidencia

No es la primera vez que en este blog se ha tratado el asunto del modo de recordar el servicio militar que cada lector tiene. Ambos sentidos, el negativo y el positivo se han expuesto sin entrar a debatir la idoneidad de uno u otro. No obstante, para el que suscribe, treinta años después de cumplir con esa etapa de la vida, no dejan de existir motivos para inclinarme hacia el lado positivo de esos recuerdos.

IMG_2188-1Suele decirse popularmente que “el mundo es un pañuelo” y el pasado mes de mayo, dentro de los actos que se celebraron en Zaragoza en honor a la bandera, pude volver a constatarlo. IMG_2170 Finalizado el desfile, al visualizar las preceptivas fotos en la cámara, un Teniente Coronel de uniforme se dirige a mí dándome unas palmaditas en la espalda y con un tono tan familiar que en un primer momento pensé que se estaba confundiendo de persona. En un primer momento esa fue mi sensación, pero unos segundos después caí en la cuenta de que ese oficial que me estaba saludando tan jocosamente era un compañero de reemplazo que estuvo conmigo en la compañía de Plana Mayor, allá en El Pardo. Superado este primer momento de confusión, los dos pudimos comprobar que los treinta años de separación desde la última vez que nos vimos en la estación de Chamartín no han pasado en balde, pues a los dos nos llegó a la memoria con nitidez ese día en el que partía para tomar parte en las pruebas selectivas para ingreso en la Academia General Militar.

Y esto es lo que para mi tiene valor. Los años no han sido obstáculo y en esta ocasión, el tiempo parecía haberse detenido. No deja de ser una simple anécdota pero significativa, pues, en contra, de algunos compañeros de Facultad, ni me acuerdo. 

01/07/2009

Aquellas novatadas de la mili

Todos los que pasamos por el servicio militar obligatorio o voluntario, recordamos aquellas bromas o “novatadas” a las que nos sometían los compañeros más veteranos, los que, como se decía en el “argot” militar: “tenían más mili que el palo de la Bandera”.
En nuestros tiempos de los años 60, aquellas novatadas eran aún de lo más inocente en comparación con las que se hacían años después. Ponerse, por ejemplo, la bata blanca del capitán médico, con la galleta de tres estrellas y darse un paseo por la compañía de reclutas, y compinchados con los demás veteranos, obligarlos a formar, ordenarles que se pusieran en fila y que acudiesen uno por uno a la oficina de la compañía, en donde “el capitán” les hacía bajar los pantalones, marcándoles el trasero con el sello-tampón de la compañía.
O como, ya se ha contado en este blog: ordenarle a un recluta ir a por la máquina de pelar gambas; o ir a buscar la piedra de afilar machetes, etc…

Estas típicas bromas, se hicieron con el paso del tiempo, cada vez más terribles y crueles. En los últimos años de la mili obligatoria, las autoridades militares tuvieron que tomar medidas para cortar con estos abusos que se cometían con los reclutas.
Con este vídeo adjunto, realizado por “El Gañán”, un personaje de serie de televisión, describe más o menos de forma distendida, cómo eran aquellas novatadas, que normalmente, la gente sufría con humor y, después de cometida dicha broma, se lo tomaban con buena filosofía y acababan siendo buenos amigos del veterano.
Invitamos a los que hayan pasado por El Pardo a que nos cuenten cuáles eran las novatadas que se solían hacer en sus tiempos.


24/04/2009

EL COMPAÑERISMO NO SIEMPRE BENEFICIA

 Hoy, que me siento un poco nostálgico, deseo aprovechar ese estado de ánimo para relatarles a los amigos de “Historias de El Pardo” una anécdota que, si bien no tiene nada de extraordinaria, sí servirá para que alguien recuerde algo parecido y esboce una sonrisa al leerla.

      Sería allá por el mes de abril del 59, el que esto escribe, recluta hasta la médula. Mi promoción de voluntariado no era muy numerosa, todos fuimos destinados a la 1ª Compañía de Radio, nuestro capitán, Sánchez, un militar muy veterano y curtido, el Brigada Secretario Arnau, un buen hombre, nuestros instructores el Sargento Cañadas (José), un almeriense muy duro, acababa de ascender después de una larga andadura como clase de tropa, el cabo 1º era Abilio, no menos duro, y los cabos Turpín y Bernabé, dos buenos muchachos que nos ayudaban en lo posible.

       Estos mandos nos tuvieron durante tres meses intensos haciendo instrucción en el patio del cuartel, como descanso nos daban las clases de radio, y los aspirantes a cabo teníamos que asistir también a dichas clases. O sea, apenas teníamos tiempo para asearnos.

       Un día, en clase de radio el sargento desde una mesa con un manipulador transmitía por Morse algunas letras sueltas, se escuchaba por unos altavoces y nosotros teníamos que escribirlas, cuando quería paraba y se dirigía a alguno de los reclutas, aquel día le preguntó a Félix, un chico tan buena persona que no hablaba por no ofender: “¡A ver tú, dime la última letra que he transmitido!”—le preguntó el sargento. El chaval se puso muy rojo y titubeando le dijo una que no era. El sargento le espetó: “¡Por burro, esta tarde te quedas sin paseo, te vas a la cocina y ya te dirán lo que tienes que hacer!”

        El pobre Félix obedeció la orden, a la hora de paseo se dirigió hasta la cocina y se presentó al cabo 1º Pedraza, éste le vació en el suelo un saco de patatas y le dijo que cuando acabara de pelarlas todas se podía marchar a la Compañía.

        El que esto les escribe, aquella tarde no salió de paseo tampoco pues era con Félix con el que solía salir algunos días. A las nueve de la noche, viendo que mi compañero no salía de la cocina me adentré con mucha cautela y vi al pobre chico sentado sobre otro saco de patatas y aún le quedaban delante por mondar un montón. Le dije: “Félix, ¿te queda mucho para acabar?” Respondiéndome: “Me ha dicho el primero que cuando termine de pelar éstas que tengo aquí me puedo ir”. Yo calculé que él solo tardaría mucho y ya se hacía tarde, entonces me senté a su lado y sacando mi navaja que compré en la estación de Albacete le solté: “Entre los dos acabaremos antes”.

       Nos pusimos ambos a toda prisa para acabar con aquél montón de patatas; pero el cabo 1º Pedraza se percató y se vino hacia nosotros con una sonrisita de conejo: “¡Hombre, así me gusta, que cunda el compañerismo!” Se dirigió hacia otro saco de patatas, le quitó la cuerda que lo cerraba, y con sus enormes manazas lo agarró, lo puso boca abajo y lo vació en el suelo junto a las otras. “¡Ale, ahí tenéis, cuando las peléis todas os marcháis a dormir!”

      Nos dieron la una y media de la madrugada a los dos mondando aquellos odiosos tubérculos, los dedos los teníamos ya entumecidos y el montón parecía no menguar; creíamos que íbamos a estar toda la noche allí, pero el primero, en un gesto de misericordia sin precedentes en él, se vino para nosotros y nos dijo con voz amable: “Ya está bien muchachos, iros a dormir”.

       Me di cuenta que a veces no siempre es bueno tener gestos de compañerismo y solidaridad, queriendo en mi caso ayudar, perjudiqué inconscientemente a Félix que, de no ser por mi intervención,  abría terminado antes con aquellas patatas. 

Antonio (Alicante)


27/03/2009

Los Pecos

Estoy completamente seguro de que todos los que colaboramos en este blog habremos tenido, en nuestros años mozos, nuestros respectivos "ídolos" en lo que a música se refiere. Allá por 1980, entre el abanico de cantantes que estaban de moda, destacaban Los Pecos.
Sobre este dúo, recuerdo que se corrió la voz por el Regimiento de que al rubito le había tocado cumplir allí. Cosa que no pudo llegarse a comprobar pues la noticia se fue diluyendo en el trajín cotidiano del cuartel hasta convertirse en "leyenda". Sin embargo, la noticia tuvo su repercusión pues por esos años, y por muy famosos que fuesen Los Pecos, no acababan de ser muy bien vistos por determinados sectores del personal de tropa, que los consideraban como un atentado contra las "buenas prácticas" del duro y aguerrido ejército de por aquel entonces (según nos teníamos a nosotros mismos).
Con todo, lo que si recuerdo es que yo me tomé algunos días investigando por las oficinas, por Autos, por Guerra, por Telefonía, en busca de algún "indicio" que corroborara la supuesta incorporación de este personaje. Y una de dos: o le tocó y se escaqueó magistralmente de hacer la mili, o realmente estuvo allí y no se enteró nadie pues entre tanto uniforme y el pelo a "lo reglamentario" quizá pasó desapercibido.
No lo sé...sólo es una anécdota más que día a día me van llegando cuando intento recordar los instantes de mi paso por El Pardo

27/01/2009

Soldados de paseo

Esta foto de primeros de los 70 es una bella estampa de una época en blanco y negro. Con soldados de uniforme en horas de paseo, deambulando por las calles sin rumbo fijo y con poco dinero en el bolsillo. Mirando los escaparates de las tiendas mientras se comían pipas de girasol o devorando con los ojos a las chicas inalcanzables que pasaban por el entorno. Alguna cervecita en un bar. Una fugaz partida de billar en salas al uso. Ocasionalmente una sesión contínua en un cine de barrio, sin fijarse mucho en la cartelera de la fachada. Si el tiempo lo permitía, una vueltecita por el Parque del Retiro a conversar con las “chicas de servicio” que sacaban a pasear a los niños de sus señoras. De vez en cuando, un vistazo en la lejanía, por si se divisaban una pareja de cascos blancos de la PM, que en lugares estratégicos, se dedicaban a la caza y captura de soldados descuidados… Y de vuelta al cuartel

27/12/2008

UN HECHO INSÓLITO ACAECIDO EN EL REGIMIENTO DE TRANSMISIONES

Puerta principal del Regimiento de Transmisiones en el año 1961
(Foto tomada por el autor del artículo)
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El hecho que le voy a relatar a los amigos de “Historias de El Pardo” podría calificarse de insólito en el Ejército, ocurrió, creo recordar, en el año 1961, y el que esto les escribe fue testigo directo.
Sucedió un día que entró de Sargento de Semana un suboficial que era soltero y, por tanto, tenía su habitación en la Residencia de Suboficiales, por entonces ubicada en el pabellón que había justo enfrente del comedor de tropa. Al entrar de semana tuvo que trasladarse al cuarto que había en la Compañía para los que prestaban ese servicio. El sargento, como he dicho era soltero, por tanto, se podía permitir algunos caprichos, por eso se llevó entre sus enseres personales un receptor de radio portátil último modelo que acababa de comprar—hay que situarse en aquella época en que, un simple transistor era un artículo de lujo—. Como sabrán los veteranos de entonces el cuarto del Sargento de Semana nunca se cerraba con llave, allí había una cama de cuerpo, una silla, un pequeño armario y una mesa escritorio. El sargento puso su flamante aparato de radio encima de la mesa y se despreocupó, él subía y bajaba en sus obligaciones y cuando llegaba a su habitación encendía su receptor para escuchar música…


Una noche, después de la cena, a punto de pasar lista se acercó a su cuarto y la radio había desaparecido. Al formar la Compañía para la lista de retreta, mandó firmes y hecho un basilisco dijo a voz en grito: “¡¡El cabrón que haya cogido mi radio que la ponga inmediatamente en su sitio o le va a pesar!!” Nadie respondió; lo volvió a repetir con otras palabras; tampoco obtuvo resultado alguno. Al final formó la Compañía en el patio y mandó paso ligero durante media hora, igualmente el efecto fue negativo…


Mandó que subieran de nuevo a la Compañía y los formó, después de mucho insistir para que devolviera la radio el que la había sustraído tuvo que darse por vencido. Dio parte por escrito de lo ocurrido y tomó cartas en el asunto el capitán, éste ordenó arrestar a toda la Compañía sin salir de paseo, ni siquiera los que tenían pase pernocta, hasta que apareciera el transistor.


El personal estaba muy disgustado porque tenían que pagar ellos las consecuencias de lo que había hecho un desaprensivo “chorizo”, se comentaba entre la tropa que cuando fuera descubierto el ladrón lo iban a linchar.


La cosa llegó a conocimiento del coronel que dio la orden de registrar todo minuciosamente hasta dar con el aparato y, mientras tanto, no saldría del Regimiento nadie de aquella Compañía, confirmando el arresto impuesto por el capitán.


La búsqueda fue exhaustiva, todo el mundo buscaba por todos los rincones el dichoso receptor de radio, se registraron taquillas una por una, maletas, se palpaban las colchonetas por si lo habían metido dentro… el resultado siempre era negativo. El sargento, una noche en formación dio un ultimátum: “¡Si sale ahora el que ha robado la radio le prometo que intercederé ante los superiores para que el castigo sea mínimo!”


Tampoco dio resultado alguno.


Habían pasado ya 3 ó 4 días desde que desapareció el aparato de radio, en el Regimiento no se hablaba de otra cosa. Los que conocéis el “Zarco del Valle” sabéis que los pabellones albergaban en cada planta dos Compañías, una enfrente de otra, en la que ocurrieron esos hechos la que tenía enfrente estaba deshabitada, sólo servía como almacén, alojaba colchonetas apiladas, camas desmontadas y muchos enseres viejos. El local ya había sido inspeccionado minuciosamente; pero una mañana, se me ocurrió entrar yo solo a mirar, entré hasta el cuarto de los cabos primeros, allí no había nada, estaba totalmente vacío, me pongo a observar las paredes y entrando en la habitación a la derecha existía en la parte superior de la pared una especie de hueco que servía como maletero, vi unos restregones de suela de bota sobre la pared que daba a ese sitio. Me di cuenta que allí había intentado alguien subir o bajar. Inmediatamente me salí del cuarto y me puse a buscar algo para poder acceder a ese maletero ya que estaba muy alto, encontré entre los enredos una vieja escalera de madera, sin más, la cogí y me fui hasta el sospechoso lugar, al subir vi el hueco totalmente vacio y limpio, en medio se encontraba el transistor.


Mi sorpresa y alegría me desbordó, lejos de cogerlo, me fui en busca del sargento para que lo viera él personalmente. Se encontraba en la Sala de Suboficiales, vino conmigo corriendo y con gran satisfacción cogió el aparato, pero lo agarró con un pañuelo por el asa y tocándolo lo menos posible. Me comentó: “El cabrón que ha hecho esto lo va a pagar caro…”


Efectivamente, el sargento, autorizado por la superioridad, formó la Compañía y les dio una arenga:
“La radio ha sido encontrada, está llena de huellas dactilares, quiero que sepáis que se le va a tomar las huellas a todos los componentes de esta Compañía y junto con el receptor se va a llevar a la Dirección General de Seguridad para que averigüen quién ha sido el autor del robo. Si sale ahora el que lo ha hecho será mejor para él, si espera a que realicemos todo ese proceso y es descubierto por la policía, dudo mucho que llegue a licenciarse. Le aconsejo por su bien que confiese ahora mismo”.


Tampoco dio resultado, nadie salió, se miraban unos a otros esperando que alguien diera el paso adelante, pero eso no ocurrió.


Por la tarde en la oficina de la Compañía se habilitaron dos mesas, yo mismo ocupé una, en la otra el cabo de la oficina, el sargento dio orden de que fueran pasando todos de dos en dos, en un papel tamaño octavilla se ponía el nombre del soldado, cabo o cabo 1º, después se le impregnaba el dedo pulgar de la mano derecha en un tampón de color violeta y debajo del nombre se estampaba la huella. (Hay que reconocer que aquello fue una sandez, nunca hubiesen podido identificar al autor del robo por la huella del dedo pulgar sino por la del dedo índice, que es la que figura en el DNI. Además, tampoco estaban bien tomadas, ni la tinta era la adecuada).


El caso es que, como “farol” dio resultado. A la mañana siguiente, viendo que nadie se acobardó ante la medida tomada y confesó su falta, el sargento cogió la radio y en un sobre con todas las huellas se dirigió hacia la puerta principal, iba a la parada del autobús con destino a Madrid. Entonces, justo en la escalinata que daba a la carretera, le abordó un soldado de la Compañía, se puso delante de él llorando y le dijo: “Mi sargento, he sido yo el que ha robado la radio, ha sido un mal pensamiento, no lo he dicho antes por miedo…”


No quiero comentar la natural reacción del suboficial, el que tenga un poco de imaginación que se la figure… Tuvieron que meterle inmediatamente en el calabozo para evitar represalias de los compañeros que llevaban una semana arrestados por aquél ladronzuelo.


Debo decir que, aunque recuerdo los apellidos, tanto del sargento, como del soldado que sustrajo el aparato, no he querido darlos para evitar susceptibilidades de ellos (si todavía viven), o de sus familiares. No obstante diré que el sargento era de la Escala Complementaria, y el soldado del reemplazo; era un chico tímido e introvertido, nadie hubiese sospechado nunca de él.


Lo insólito de este hecho no es que alguien haya robado en el Ejército, eso desgraciadamente ha ocurrido muchas veces, lo extraordinario es que se le tomaran las huellas dactilares a toda una Compañía para averiguar el autor de una sustracción.


A los pocos días le pregunté al sargento si hubiese llevado realmente las huellas a la Dirección General de Seguridad, me lo confirmó, diciéndome que tenía un buen amigo que era Comisario de Policía en la Brigada de Investigación Criminal de Madrid.

Antonio (Alicante)

20/12/2008

Mi primer coche...

Digno es también de contar en un lugar como este, dedicado al recuerdo, que, coincidiendo con mi incorporación al Regimiento en enero de 1980, hubo otra emoción paralela...¡¡ mi primer coche !!. Con el carnet de conducir recién sacado (diciembre de 1979), al sentarme en el que para mi era "el mejor coche del mundo", pues era el primero que tenía, a " pesar de ser de segunda mano, me sentía el hombre más grande de entre los mortales. El coche en cuestión,un 127, tenía ya más de 7 años pero no estaba en muy malas condiciones y para dar vueltas por Calatayud, pues a otra cosa no aspiraba yo por entonces, era más que suficiente.
Pero claro...con un "cochazo" entre mis escasas posesiones, destinado yo a la capital de España y nada menos que a El Pardo...sumando a esto el escaso conocimiento que a los 18 años se suele tener, era inevitable que el viaje, antes o después, surgiese.
Y así fue, en marzo de 1980, en el primer pase de fin de semana que me vino a mano, este primer viaje surgió...y fue el más "emocionante" de los que recuerdo a esa edad...Hubo de todo, pinchazo incluido y decenas de vueltas por Madrid pues por aquel entonces no existían los TomTom actuales. He de reconocer que lo pasé francamente mal, pues la hora de entrada al cuartel se acercaba y Madrid se me representaba cada vez más grande e inhóspito.
Recuerdo que, tras varias vueltas por los alrededores de Madrid, vi por fin a lo lejos la Cibeles y siguiendo las indicaciones de una buena cantidad de amables madrileños, topé con la carretera de El Pardo...
No volví a cometer "tamaña insensatez" durante los dos años de servicio, pero, cuando a fecha de hoy paso o voy a Madrid, no puedo evitar una sonrisa al acordarme de aquel "mi primer coche".
Con el paso de los años, y el vehículo actual que hace el nº 14, los coches los veo como una fuente inagotable de problemas, tanto económicos como de "logística", pues en ocasiones es un verdadero calvario desplazarse con él, sobre todo en épocas de puentes o similares...
Pero es, en fin, una anécdota más a incluir en este blog, sin ninguna importancia, pero que seguro a todos nos ha pasado...
Saludos desde la capital del Ebro

10/12/2008

los regresos de pase de fin de semana...

He de confesar que, desde el nacimiento de este blog, no hay dia en el que no ponga a trabajar la máquina de fabricar recuerdos para luego plasmarlos en ese blog. Y hoy ha sido uno de estos días...
En mi época, conseguir pase de fin de semana no era tarea fácil, pues como es de comprender, no todo el mundo podía disfrutar de estas "miniescapadas", ya fuera porque estabas en prevención, porque tuvieses guardia, porque no tuvieses dinero para el billete de tren, porque no hubiese compañeros próximos con el privilegio, entonces, de tener coche propio, o por cualquier circunstancia de análogo contenido...
Pues bien, en el dia de la salida, viernes, el contento y la algarabia eran manifiestos...No tanto la madrugada del domingo al lunes en la que, a eso de las cinco, llegaban los autobuses muy cerca de la Cibeles, y el personal empezaba a apresurarse para buscar otro autobús con destino a su guarnición...
Recuerdo que el mio llegaba a la escalinata del Regimiento a eso de las 5:45 horas y, como los más veteranos lectores recordarán, ir de paisano era "pecado capital"...
Pues bien...esta norma yo la cumplía escrupulosamente y el uniforme de granito o de paseo sólo me lo quitaba al llegar a casa o ya en el cuarto de cabos primeros...excepto una viaje de regreso de uno de estos fines de semana.
Ignoro cuál fue el motivo de que en aquella ocasión se me ocurriese entrar al cuartel de paisano...tal vez la satisfacción de haberme comprado unos días antes unas botas camperas de aquellas que causaron furor por aquella época y no querer quitármelas ni para entrar a la compañía...
Fuera como fuese, al parar el autobús frente a la escalinata, mi plan era no pasar por el cuerpo de guardia y recorrer en tiempo record la distancia que separa el Cuerpo de Guardia y Plana Mayor. Tal fue el ímpetu y la energía que imprimí en superar en tres únicos sal tos la escalinata dirección a la Compañía sin levantar sospechas que no reparé en que las suelas de aquellas "puñeteras" botas eran nuevas y "sin rodaje" por lo que me gastaron una mala pasada. Si enérgico fue el impulso para saltar, más enérgico fue el resbalón que, al segundo salto de los tres previstos, Cabo 1º y petate fueron a dar de bruces al suelo antes de alcanzar "el objetivo".
Grande y estrepitoso fue el porrazo, y a punto estuve de quebrarme algún hueso fundamental, pero afortunadamente, no había oficiales ni suboficiales próximos a este escenario. Además, debió de ser una pirueta bastante pintoresca pues la carcajada de quienes entraban como "dios mandaba" al cuartel sonó también con bastante fuerza...
Una anécdota más a sumar que, casi treinta años después, hace que me nazca una sonrisa al recordar aquellos 18 años que yo tenía,,,y lo incómodas que eran aquellas "Valverde del Camino".
En este punto, me llega otra anécdota relacionada con estas botas y con la discoteca Consulado, "sede oficial" de la tropa...pero esto será ya para otra entrada...

25/11/2008

Otro malo recuerdo...

Sería faltar a la verdad, por mi parte, negar que durante mi estancia en el Regimiento todo fuera de color de rosa. En cómputo global, el recuerdo es grato...pero ya que dos insignes colaboradores de este blog han mencionado "la cara negativa" de sus recuerdos, yo también me animo a contar uno de los mios. Entiéndase esto como la narración de una experiencia y no como otra cosa, pues en definitiva, de lo que se trata aquí es de rememorar los años de nuestra juventud en El Pardo. Momentos buenos y malos componen por igual el devenir cotidiano de la existencia...todo depende de la "balanza" que cada cual use.
Corría el verano de 1980, agosto para ser exactos. Un conocido teniente de la época que tampoco voy a nombrar, siguiendo las directrices del blog, siendo yo Cabo 1º de Semana, tuvo un detallazo conmigo que distaba mucho de la, por entonces, percepción que yo tenía de la vida militar. Recuerdo que mis aspiraciones de aquellos años eran el ingreso en la Academia General Básica de Suboficiales, cosa que levaba ya algunos años intentando, por lo que mi conducta era más próxima a la de un Suboficial que a la de un soldado de reemplazo...por lo que todas mis funciones las cumplía con el rigor que mis galones me permitían.
Pues bien, un sábado por la mañana, como todos los sábados, se hacía zafarrancho de limpieza en las compañias. Mi cometido era que a la hora de pasar revista, todo estuviese en perfecto estado y el personal solía responder. Aquel sábado, salió impecable. La compañia quedó de lujo. Lo que yo entedía era que debía hacerse y no porque un oficial fuese a pasar revista, sino porque el orden y la limpieza debían prevalecer por sensatez.
Y llegó la hora de la revista...cosa que no se materializó porque el cuartelero me llamó para decirme que el teniente estaba en la puerta de entrada, abajo en la calle, esperándome por que no iba a subir.
Bajé con la celeridad que me caracterizaba, presentándome con la marcialidad habitual impropia de un soldado de reemplazo...¡A la orden mi teniente!, sin novedad en la compañia...
Y estas fueron las palabras del oficial: "primero, una semanita en prevención...la compañía está echa un cristo...y por tu culpa...la tropa sin paseo...así aprenderás...para que te enteres de lo que es un Cabo 1º...".
¡A sus órdenes, mi teniente! (y el taconazo habitual).
Por aquel entonces, para mi, una orden era una orden...cumplí la semana en prevención, y la gente no salió de paseo aquel sábado...Podrá parecer una tontada pero el recuerdo que me queda de la compañía que no pudo salir "por mi culpa" duró bastante tiempo.
Este teniente destacaba por cosas similares así de "brillantes"...Afortunadamente, como digo en el inicio de esta entrada, no todo era así, y la conducta de la mayoría de oficiales y suboficiales era sumamente correcta, dentro de sus cometidos.
Pero ver cómo la gente que horas antes había puesto mucho empeño en dejar una compañía como los chorros del oro no pudiesen salir de paseo me supo a "cuernos".
En fin, de todo tenía que haber...Pero permítaseme insitir en que "mi balanza" siempre se inclinará en el sentido positivo del recuerdo, en lo que a mandos se refiere. Si no ¿a qué fin este blog?.
Gracias por vuestra paciencia al leerme y saludos desde Zaragoza

20/11/2008

ALGO MÁS SOBRE EL SAHARA

La Compañía expedicionaria de radiotelegrafistas que se desplazó al Sahara en abril de 1961, se encontró —nos encontramos—con un desierto, tan inhóspito—valga la redundancia—que apenas podías encontrar un lugar con sombra. Para los jóvenes que conocieron el Aaiún muchos años después, les causará cierta perplejidad lo que les voy a relatar.


La capital del Sahara tenía como aeropuerto, un descampado de tierra donde aterrizaban y despegaban los pocos aviones que hacían la ruta desde canarias, todos eran de la Fuerza Aérea, creo que comerciales ninguno (no puedo asegurar éste extremo).


No existía puerto, había que desembarcar o embarcar en una playa medio salvaje, utilizando unas barcazas anfibias que te llevaban hasta el barco, fondeado varios kilómetros, o millas—como dicen los marinos—adentro.


La ¿ciudad?, consistía en una calle ancha con casitas a los lados de esas que tienen en su techo una bóveda—medio huevo le llamaban—, en esa calle estaba el casino militar—sólo para oficiales y familia— y, al final, la iglesia, era el edificio más grande e importante de El Aaiún.


Disponía para la tropa, como única diversión de un cine cochambroso que era un tubo sin respiración, se llenaba de soldados de todas las unidades, incluidos los saharauis de las Tropas Nómadas y Policía Territorial. Al ser el agua tan escasa en aquel lugar la gente se lavaba poco y las ropas menos, así que en el cine había tal pestilencia que era imposible poder estar allí.


Para comer nos llevaban a un acuartelamiento de La Legión. Recuerdo que siempre ponían lo mismo: un revoltijo de habichuelas con arroz y carne de camello. Creo haberlo contado ya en otro escrito, la carne estaba llena de nervios y arterias, era imposible masticarla… Siempre repetíamos con sorna los compañeros el slogan que figuraba en Madrid en los carteles anunciando el alistamiento: “¡¡Españoles, La Legión os espera, comida sana y abundante, ascenso hasta comandante…!!”


En otro orden de cosas os diré que, ver a una mujer blanca por aquellos parajes era de todo punto imposible. Si la diosa fortuna te obsequiaba con la visualización de alguna muchacha peninsular, la mirabas con el rabillo del ojo y con mucho disimulo, porque, seguro se trataba de la esposa o la hija de algún jefazo. Dirigirte a ella o mirarla descaradamente podía costarte un serio disgusto.


En este estado de cosas, lo mejor que podías hacer cuando te encontrabas en el Aaiún libre de servicio y esperando ser agregado a alguna patrulla por el desierto, era permanecer todo el día bajo techo en la Compañía, siempre en tu litera; así se pasaban las horas, charlando con los compañeros y escuchando un pequeño transistor que poseía un cabo 1º valenciano que llevaba allí mucho tiempo y lo pasaba con eso y su afición a la fotografía. Por si todavía vive—Dios lo quiera—, le mando desde esta página un cariñoso saludo. Recuerdo sólo su apellido, se llamaba Negre y era muy buen compañero. Él fue el que me hizo, al descuido, la foto en la que estoy en la litera recostado encendiendo un cigarrillo.


Espero que este relato y las fotos hayan sido de vuestro agrado.
Un afectuoso saludo.


Antonio (Alicante)

Antonio (Alicante) en una instantánea de la cámara de su compañero Negre. El Aaiún 1961



Como la juventud y el sentido del humor era lo único que nos quedaba, con unas sábanas nos hicimos esta foto para mandársela a nuestras familias: De izquierda a derecha cabo 1º Manolo ("Usera"), cabo 1º Corrales, (era de Belén de Trujillo) y cabo 1º Antonio (Alicante)

Vista general de El Aaiún en 1961.


Vista de la única iglesia que existía en el Aaiún en 1961. Era el edificio más importante de la capital del Sahara.

16/10/2008

UNA ANÉCDOTA MÁS

'Antonio, como cabo jefe de la misión en el Puerto de Málaga, invierno del 59'.

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En el invierno del 59, recibió el Regimiento una orden de Capitanía General para que designara un cabo segundo y cuatro soldados para dar escolta a un tren mercancías con 17 vagones con “material de guerra”—el material no era otro que un cargamento de barracones de madera con destino a Melilla. La Compañía elegida por el Coronel para este servicio fue la 1ª de Radio. El sargento secretario, con un particular criterio, fue mirando el fichero y me eligió a mí como cabo de esa misión, cuando le pregunté el motivo me dijo que yo, al ser de puerto de mar, estaba familiarizado con los barcos y sería más eficaz que uno de secano que, incluso, podría sentir terror al embarcarse. No me convenció porque el hecho de que yo conociera el mar no me daba ninguna experiencia como marinero, pero acepté disciplinariamente la orden que no tenía discusión.

Nombraron a cuatro soldados que eran familia y de un pueblo muy atrasado del interior, eran labradores y nunca habían visto ni el mar ni nada más fuera de su pueblo hasta que llegaron a El Pardo, eran del reemplazo.

Me hice cargo de aquella misión y, tras recibir unas dietas por manutención equivalente a unos cuantos días—no recuerdo exactamente, pero no muchos—, me dirigí a una estación de ferrocarril de las afueras de Madrid—tampoco recuerdo a cual—con los cuatro soldados, allí me dieron una carpeta con documentación y una relación detallada interminable con todo el material, uno a uno, que contenían los 17 vagones de tren.

Es obvio que no pude hacer un recuento ya que todo iba empaquetado y había miles de bultos. Conté los vagones y examiné su interior que, efectivamente iban llenos de madera. Firmé el recibo y con los cuatro soldados nos metimos en uno de los vagones que, aunque era cubierto—los había que no—, no tenía puerta, hay que recordar que era pleno invierno.

Al llegar a un pueblo de Andalucía—tampoco recuerdo cuál fue—, uno de los vagones comenzó a arder, al parecer, las chispas que desprendían las ruedas de hierro sobre las vías hizo que la madera se prendiera. Enseguida tuvieron que sacar el vagón del convoy y dejarlo en aquella Estación para su reparación, más tarde lo engancharían a otro tren y lo llevarían hasta el Puerto de Málaga. El tren nuestro tuvo que continuar su marcha.

El problema surgió cuando tuve que designar a un soldado de escolta para ese vagón que quedó atrás, como he dicho, eran los cuatro familiares y no querían separarse de ninguna de las maneras. Yo, que sólo tenía 18 años, tuve que imponerme, realicé un sorteo y, ni aún así aceptaban. Aquellos hombres eran muy cazurros, por fin lo conseguí al decirles que si no obedecían la orden daría parte por escrito al regresar. Al final lo conseguí, pero me quitaron el habla para toda la misión.

Mis 16 vagones llegaron al Puerto de Málaga en buenas condiciones, al día siguiente llegó el que había quedado atrás.

Llegó la hora de embarcar y ocurrió peor todavía, el cargamento no podía ir a Melilla en un solo barco, un día salieron unos cuantos bultos, al siguiente día otra remesa y por último el resto.

Cuando salió el primer cargamento tuve que ordenar que se fuese un soldado en ese barco. ¡Más problemas! Le tenían un miedo atroz al barco y decían que primero tenía que irme yo. Les quise hacer comprender que yo era el jefe de esa misión y tenía que embarcar en el último envío. Al final lo pude conseguir, pero cada vez estaban más enfadados conmigo…

Llegamos a Melilla por fin con toda la madera y nos alojaron en la Comandancia de Obras, donde la entregamos. Yo creía que me firmarían el recibí y nos marcharíamos de allí enseguida, pero de eso nada de nada. Tardaron varios días en hacer el recuento y cuando comprobaron que estaba todo firmaron.

Aquellos días fueron horrorosos, Melilla era otro mundo, nosotros llevábamos la indumentaria, el pelo y todo a la costumbre de la Península; la ropa, de dormir con ella en el viaje—encima de los vagones—estaba ya sucia. En aquella Plaza no se podía salir a la calle así, había una vigilancia militar muy estricta, los arrestos se sumaban por cientos, el general Gotarredona—jefe supremo de todo lo que se movía en aquella ciudad era muy severo. Nos aconsejaron no salir del cuartel hasta nuestra partida para la Península. Así lo hicimos.

Como la situación se alargaba, las pocas dietas que percibí en El Pardo tuve que gastarlas, por fin, cuando tuvimos que tomar el barco en el Puerto de Melilla Málaga, aquella noche, me gasté el último dinero que tenía en un bocadillo de sardinas que fue mi cena. Toda la noche navegando llegamos a Málaga por la mañana, no pude desayunar, cogimos el tren hasta Madrid y no probé bocado hasta llegar al día siguiente a El Pardo.

Debo decir que, estos cuatro soldados, malos compañeros e insolidarios, de triste recuerdo para mí, llevaban en su macuto embutidos de su pueblo y dinero, ellos sí comieron en el viaje de regreso, pero a mí no me ofrecieron nada, a sabiendas que llevaba muchas horas sin tomar absolutamente nada. Tampoco me dirigían la palabra fuera de las cosas del servicio.

No guardo rencor hacia nadie, como tampoco me gustaría que me lo guardasen a mí por mis errores. He contado todo esto como una ANÉCDOTA MÁS.
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Antonio (Alicante)

05/06/2008

El Carnet del Bisabuelo.

Nuestro compañero veterano José Antonio Hernández que ya nos envió varios recuerdos suyos hace unos días, nos manda el “Carnet del Bisabuelo”. Un carnet extra-oficial que circulaba entre la tropa de los que estaban a punto de licenciarse, o sea, los bisabuelos.
Pinchando en la imagen se pueden ver los detalles. Muchas gracias José Antonio.

Entre otros detalles se pueden ver los “Artículos del Bisabuelo”:
Artículo 1º.- El bisabuelo, dada su avanzada edad será querido y respetado.
Artículo 2º.- El bisabuelo nunca se equivoca.
Artículo 3º.- Si el bisabuelo es insultado por un bicho, éste será pasado por la piedra.
Artículo 4º.- En caso de que el bisabuelo no tenga razón, se aplicará el artículo nº 2.
Artículo 5º.- El bisabuelo nunca llega tarde, son los demás los que llegan pronto.

13/05/2008

EL CAMIÓN DE LOS RAYOS X

Hola a todos: A veces sucede que cuando tratas de recordar alguna escena de tu servicio militar no consigues nada porque la memoria te falla. Pero otras veces, estas escenas aparecen de repente ante ti en cuanto menos te lo esperas. Eso es lo que me sucedió a mí cuando recordé el día que pasamos los reclutas de mis tiempos por dentro de un camión de rayos X.

Un camión como este deberia de emitir innumerables radiaciones peligrosas, pero en aquellos años, al parecer, aquello no importaba, ni se preocupaban de medirlas. O al menos los radiólogos ni llevaban delantales de protección.

Un día de Agosto de 1.964, cuando apenas llevábamos un mes y medio de instrucción, después de pasar lista de diana, el sargento Mayayo que estaba de semana nos dijo: “hoy no habrá instrucción así que todo el mundo a ponerse el uniforme de paseo que nos vamos a hacer un viajecito”. Formamos en el patio después de desayunar y vimos 3 o 4 camiones "REO" aparcados con los motores en marcha. De refilón escuchamos a un capitán quien advertía a sus conductores: “id con mucho cuidado, puesto que lleváís personal, mucho cuidado”. Montamos en los camiones y el convoy se puso en marcha saliendo por la “puerta de carros” dirección Madrid. Por el camino se corrió el rumor de que íbamos a “Barrás”. Nosotros no teníamos ni idea de qué era eso. Al llegar a Puerta de Hierro el convoy se desvió por la carretera que iba paralela al río Manzanares y a la Casa de Campo. Después enfilamos el Paseo de Extremadura hasta que al llegar a la altura del primer cuartel que había a la derecha, la fila de camiones se metió dentro de un patio enorme con el suelo de gruesos adoquines. Al parecer aquello era el “Barrás”.

Una Dodge ambulancia de la época. Suspensión cero. Cualquier herido o enfermo que se transportara aquí, seguro que no llegaba vivo al hospital de los "botes" que pegaba.
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Allí nos bajamos y nos hicieron formar al lado de un gran camión (como el de la primera foto de esta entrada), creo que un GMC 6x6, norteamericano de la guerra de Corea, que llevaba pintadas en los laterales de su caja metálica trasera unas cruces de Sanidad de gran tamaño. Tenía al lado un remolque con un grupo electrógeno y una serie de cables gordos que lo unían a dicho camión y que hacía un ruído de motor bastante pronunciado.

En un momento dado alguien dio la orden de “¡desnúdense de cintura para arriba!”. Mientras tanto, grupos de soldados que nunca habíamos visto en la vida, uniformados de azul y boinas negras planas, merodeaban por las inmediaciones haciendo sonoros comentarios al ver a tantos reclutas juntos. Otros, asomados a las ventanas de las compañías nos decían toda clase de “piropos”.

En esto que, nos fueron llamando uno por uno, subiendo unas escaleritas metálicas que tenía el camión por su parte lateral. Allí había una antesala en donde un médico te hacía un cuestionario sobre si habías padecido alguna enfermedad en la infancia. Después pasabas a una cabina en donde al parecer te miraban por Rayos X. El caso es que no vimos que saliese de allí ninguna radiografía. Al parecer era simplemente una observación en directo de la caja torácica de cada recluta para averiguar si padecíamos de alguna enfermedad respiratoria. Una vez pasados todos por el referido camión, montamos otra vez en los nuestros y regresamos a El Pardo por el mismo trayecto que a la ida.

Otro modelo de camión sanitario de la época.


Croquis de un camión de aquellos (pinchando en el dibujo se pueden ver los detalles)

Días después, nos enteramos que aquel sitio no se llamaba “Barrás” sino Wad-Ras y que era el Regimiento de Infantería mecanizada Wad-Ras 55 y que lo que nos habían hecho era una radiografía denominada de “fotoseriación” para descartar una tuberculosis pulmonar. Pues, al parecer, se había detectado por aquellas fechas una epidemia de tuberculosis pulmonar en España y para no causar alarma social nos miraron discretamente dentro de un cuartel, en vez de llevarnos al Hospital Militar a todos en masa.
La fotoseriación era un procedimiento por el cual un aparato de rayos llamado fotoseriador hacía en un solo clisé y simultáneamente una fotorradiografía de tórax y la fotografía del rostro, con lo que se aseguraba la identidad del sujeto examinado.

(De las “Memorias de un ex-cabo 1º de Transmisiones”)
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Fotos y fuentes: revista “Ejército” Nº 80-Septiembre-1.946
Artículo: “La foto-radiografía en el Ejército”, capitán médico Soláns López. Agradecemos la colaboración de la Biblioteca del Ejército de Tierra en Almeyda, Tenerife

16/03/2008

Anécdotas del Parque Central de Transmisiones

Nuevos recuerdos y anécdotas nos llegan, esta vez de mano de la pluma de Manuel García Sánchez.
Gracias por tu recuerdo, Manuel.
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ANÉCDOTA 1)

Antes de entrar en el detalle, quisiera aclarar el por qué de la relacion del PCT (Parque Central de Transmisiones) con el Regimiento. Esta relacion no era solamente fisica, pues los cuarteles estaban (y estan, si bien con nombre diferente el Parque) pared con pared. El hecho es que, según nos contaron, al haber perdido la Bandera en una guerra, los reclutas del PCT no podiamos jurar Bandera en nuestro acuartelamiento, o sea que jurá a la Bandera en el Regimiento.

Dicho esto voy a la anécdota.

Era un dia de verano, estaba de suboficial de guardia y estrenaba mi galón de Cabo Primero. Toda la tropa que estaba de guardia, cabos y soldados, o bien habian entrado conmigo como voluntarios (1 de Marzo 1963) o pocos dias despues con el reemplazo.

Calor. Cuartel completamente desierto. Un grupo de la caja de Granada, que, según ellos, eran todos primos, me ofrecen hacer una paella en la parte de atrass del cuerpo de guardia. Si quiero colaborar, mi contribucion es pagar el vino. Doy el dinero, y alguien se acerca al economato a comprar un de aquellos garrafones de 2 o 3 litros (igual eran de 5 litros, ahora no recuerdo con exactitud).

Se hace el cambio de puestos. Regresan sin novedad, y tenemos dos horas de tranquilidad, pues ya ha salido el autobus de oficiales y suboficiales.

Nos sentamos al fresquito de la parra que cubria el jardin del cuerpo de guardia.

La escena era bucolica.

Una paella maginifica. Comemos al estilo cuartel, cada uno con su cuachara y comiendo por su lado, y contento con los tropezones que te toquen. Claro que la veterania y los galones son un grado, y me “apartan” un par de tropezones más que al resto.

Magnifico. Fumamos nuestros celtas. Y empieza uno de ellos y le siguen los demás con unos maullidos, hasta que, el cachondeo sube de tono y me dicen….¿qué catalán….como estaba el conejo de la paella?.........

Ya os habreis imaginado, que no habiamos comido a los dos gatos que patrullaban por el cuerpo de guardia.

Manos mal, que habian parido hacia poco y en poco tiempo, se repuso la despensa de “conejos”.

Luego, años más tarde, mi profesion de hotelero, me llevo por paises de Africa, Sud America, etc, y la experiencia me ayudo a comer cocodrilo en Zimbabwe, gusanos en Mejico, etc.

ANÉCDOTA 2)

Corta y simple.

Tambien de guardia. Esta vez, era Cabo. Me tocaba el segundo turno de la noche, despierto (creo recordar) desde las 2 hasta el toque de diana.

Acababamos de hacer el relevo y todo estaba tranquilo. Aun usabamos el Mosqueton Mauser 7,92. De pronto suena un disparo. A esa hora, y en El Pardo, en 1963, no era de buen gusto lo que venia despues. En fin, despierto al Teniente de Guardia, y uno de los soldados llama a los puestos. Identificamos a la garita mas cercana a Madrid, en la carretera como el que habia dado el tiro. Salimos corriendo dos soldados y yo a ver que pasaba, pues el muchacho, estaba con un ataque de nervios.

Al llegar, estaba temblando, con el fusil en las manos, le pedimos que se relajara, que no pasaba nada y que que era lo que habia pasado.

Habia oido pasos. Habia dado el alto. “Alguien” Lo habia mirado fijamente del otro lado de la pared, en la zona de los pinos. Regresamos, dimos la novedad y salimos al exterior, esta vez con dos soldados más. A esto, el Teniente habia informado al Capitan de Cuartel, al Regimiento y me imagino que a la Guardia de Franco…pues el tiro retumbo hasta Guadalajara o al menos asi nos pareció.

Bueno, pues ya estamos por fuera de la valla, el enemigo, tenia una cornamenta preciosa, y habia recibido un tiro de lo más certero entre los ojos…. La que se formó fue chica por haber matado a un ciervo que no conocia el santo y seña!!!!

Hay más…pero eso será otro día.

15/10/2007

Una tarde en la cantina...

Esta mañana, tomándome un café en el bar de abajo, y con la mirada perdida en una maquinita de esas tipo videojuego", (y digo la mirada perdida porque estaba pensando en cosas más importantes que en la máquina en cuestión), me ha venido a la memoria aquellas sesiones que nos metíamos entre pecho y espalda "matando marcianos" en la máquina que teníamos en la cantina, mientras dábamos buena cuenta del tradicional "bocata" de anchoas con foie-gras, debidamente regado con el correspondiente calimocho. Creo recordar que la pantalla era algo parecida a la imagen de la izquierda pero con los "marcianitos" de color verde fosforito. Pues bien...en Plana Mayor, mi compañía, teníamos a un verdadero "fenómeno"...un especialista en la materia...Era capaz de "pasar pantallas" con la misma facilidad que se cambiaba de calcetines...
La anécdota que me ha llegado esta mañana, digo, a la memoria, fue una de esas tardes grises y atípicas en las que me dio por pasarla íntegra en la cantina y no salir de paseo. Como era habitual, todos estábamos pendientes del toque de "retén" para salir como balas allá donde estuviéramos, pero esa tarde, por algún extraño motivo, al toque de retén, acudió todo el mundo con la presteza debida, excepto el citado "fenómeno", el cual quedóse con la mirada absorta en la pantalla de la maquinita, como si de un abducido se tratase. Resulta y sucede que esa tarde, la ingesta de calimocho había superado los límites razonables y los efluvios del "Dios Baco" estaban haciendo su trabajo en este muchacho.
El entonces Sargento (...omitiré su nombre por el respeto y cariño que hoy le profeso y porque es norma de este blog no dar nombres de Oficiales ni Suboficiales de la actualidad) montó en cólera de una forma hasta entonces desconocida. El resultado, creo recordar, una semana en prevención...¿sería porque la tarde era gris y anodina o porque realmente tenía razón?. Con el paso de los años, me inclino por esto último.

18/06/2007

Las guardias en la Puerta de Carros (años 60)

Las guardias en este lugar eran diferentes de las del resto de garitas que había en nuestro Regimiento. Duraban tres horas cada turno, en vez de dos como en las demás. Durante el día se solían hacer sin armas de fuego, sólo con el machete-bayoneta colgado de su tahalí, aunque este detalle dependía siempre del oficial de guardia que entrase. Además de la garita, equipada con teléfono de manivela, había en la Puerta de Carros una barrera metálica horizontal, de tubo, pintada a intervalos de rojo y blanco, que tenía en uno de sus extremos un pesado contrapeso para poder subirla y dejar paso a los vehículos, operación que se realizaba a mano, para lo cual había que ejercer bastante fuerza. En un lateral y sobre un tubo metálico vertical se disponía de una señal de tráfico manual en cuyo disco por una cara era el “stop”de color rojo y por la otra el “pase” de color verde.

El centinela disponía también de una tablilla con un impreso dividido en casillas, en donde había que apuntar la matrícula de cada coche que entraba o salía del acuartelamiento, así como: el nombre del conductor, marca y modelo del vehículo y el servicio que hacía. Los días laborables por las mañanas eran de bastante actividad por lo que el centinela se lo pasaba de lo más “entretenido”. Los primeros vehículos que entraban a primera hora eran el SEAT negro 1.400 del coronel, la furgoneta caqui Wolswagen de los oficiales y un desvencijado autobús de 40 plazas, de la marca Chrysler, también pintado de caqui, que traía a los suboficiales. Y al igual que todos los anteriores, con matrículas ET. Estos vehículos, eran la excepción, es decir, no se les daba el alto, solo se levantaba la barrera y se les saludaba en posición de firmes, procurando, de reojo, memorizar sus respectivas matrículas para anotarlas en la tablilla. Los nombres de los conductores ya nos los sabíamos pues eran conocidos por todos.

Para el resto de los coches se cumplía a rajatabla el protocolo de anotación completa de datos. Solían ser los camiones de la Pepsi-Cola, de las cervezas Mahou, de la pescadería, etc… ocasionalmente, algún coche particular, pero pocos, en aquella época (años 60) eran contados los que disponían de vehículo propio. Todas las madrugadas a eso de las 5 salía el camión GMC que iba a por el pan al paseo de Extremadura en donde estaba el cuartel de Intendencia y regresaba antes del toque de diana. Una cosa complicada, era cuando salía o entraba a cualquier hora del día o de la noche, un convoy de camiones, pues había que darles el alto, uno por uno, anotando los correspondientes datos. Estos datos eran revisados de vez en cuando por el oficial de guardia que siempre nos insistía en no olvidarnos de anotar, no quería que apareciesen en la lista “coches fantasmas”, es decir, vehículos que habían entrado y no constaba su salida o viceversa.

Otra cosa que se cumplía estrictamente era la prohibición del paso a todo aquel que fuera a pie. Ya fuese oficial o soldado. Tenían que entrar y salir obligatoriamente por la puerta principal. La única excepción era Doña Vicenta, nuestra entrañable pipera, que venía con su carrito de mercancías antes de la hora del desayuno.

A la noche, las guardias en esta puerta ya se hacían con fusil. Me acuerdo de una anécdota que me ocurrió una madrugada. Estando paseando de lado a lado de la puerta para pasar el rato, me debieron de ver los centinelas de la Escolta de Franco (a unos 100 metros de distancia) y notar que era “novato” pues uno de ellos gritó desde la entrada del Palacio: ¡¡¡Recluta!!! Me entraron ganas de pegar una voz y contestarle pero preferí callarme. No estaba el horno para bollos en aquellos años.

(de las “Memorias de un ex-cabo 1º de Transmisiones”).

01/06/2007

Días de escaqueo

Del mismo modo que en una cárcel el preso tiene la “obligación” de procurarse lo antes posible de algún método para fugarse, un soldado de reemplazo durante la mili obligatoria usaba su imaginación, en este caso no para fugarse, pues se consideraría delito de deserción, sino para idear el sistema de pasar el tiempo lo mejor que pudiera. Los modos y las maneras de escaparse de los servicios eran infinitos.

El escaqueo ya comenzaba a primeras horas de la mañana cuando el cabo de cuartel organizaba y distribuía el trabajo de limpieza en la compañía. Algunos espabilados se escapaban de la misma, no por la puerta, pues se lo impediría el cuartelero, sino por las ventanas con balcón que había en los dormitorios. En el Regimiento de Transmisiones existían numerosos árboles a lo largo de sus calles. Las ramas gruesas de algunos de ellos llegaban a las primeras plantas y pasaban muy cerca de las ventanas, con lo cual era fácil encaramarse a las mismas e iniciar un cuidadoso descenso por el tronco principal hasta llegar al suelo de la acera. Si había suerte y no te pillaba ningún mando que pasara por allí porque entonces el escaqueo te podría salir muy caro.

Si no te podías librar de la limpieza, después de ésta, algunos cogían una manta, la doblaban bien plegada, le daban un “vale por una manta” al cuartelero quien clavaba el papel en un pincho que había colgado de la pared y salían de la compañía hacia las cocheras. Allí, procurando no ser vistos, se subían por la parte de atrás a la caja de cualquier camión aparcado, se metían dentro, bajaban la lona trasera, se tapaban con la manta y a dormir hasta el toque de fagina que era la hora de comer.

Otro lugar ideal para pasar desapercibido era el gimnasio. Se le pedía al soldado encargado la llave, el cual, siempre, como todo buen compañero hacía “la vista gorda”. Te metías dentro, cogías una colchoneta de las que se usaban para amortiguar la caída cuando se hacían saltos de “potro” y “plinto”, elegías un rinconcito y te enrollabas literalmente dentro de la colchoneta para dormir un buen rato.

El almacén de vestuario que se encontraba al lado de la armería, también era un sitio idóneo para escaparse, pero no era muy recomendable por el fuerte olor a naftalina que allí había y que se utilizaba para proteger la ropa contra el ataque de la polilla. Un habitante habitual de este almacén era un enorme gato que también dormía dentro. Se le dejaba siempre entreabierta una ventana del mismo para que pudiese salir y entrar cuando quisiera. En más de una ocasión en que el encargado se olvidó de hacerlo, el gato pegaba un salto desde afuera y de un cabezazo rompía el cristal de dicha ventana para introducirse en el almacén. Más de una vez hubo que reponer el cristal. Sin embargo el gato nunca resultó herido.

El jardín, otro lugar excelente para dormir detrás de algún arbusto. Pero quizás el refugio más complicado pues por las mañanas estaba prohibido entrar en él y muy vigilado por el centinela de la garita más cercana. El ansia del soldado por dormir era debida precisamente a la falta de sueño ocasionada por las innumerables guardias, retenes e imaginarias. En fín, se podría decir como final: “el soldado que no se haya escaqueado alguna vez, que tire la primera piedra”.

De las “Memorias de un ex cabo 1º de Transmisiones”.

26/05/2007

Tiempo de relax

Dentro de las actividades rutinarias del Regimiento todos sacábamos algún momentillo para dedicarlo al ocio y el esparcimiento. Unos optaban por la cantina, otros por una acera al sol, aquellos leyendo algun clásico de "Marcial Lafuente Estefanía" (aquellas memorables novelas del Oeste) y otros, como Rafael, aprovechaban el tiempo de descanso para echar una ojeada a una revista y hacer alguna llamada que otra. Pero que nadie dude que, si en esos momentos tocaban RETEN, en cuestión de segundos, la gente volaba para formar delante del Cuerpo de Guardia.En el Regimiento, el toque de RETEN era una de las cosas que se cumplía escrupulosamente...ya estuvieras con un calimocho en la mano...un bocata de anchoas con foie-gras en la otra...tumbado en la litera...paseando por el jardincillo...o llamando por teléfono a la novia.


Retén

Dentro de las actividades rutinarias del Regimiento todos sacábamos algún momentillo para dedicarlo al ocio y el esparcimiento. Unos optaban por la cantina, otros por una acera al sol, aquellos leyendo algun clásico de "Marcial Lafuente Estefanía" (aquellas memorables novelas del Oeste) y otros, como Rafael, aprovechaban el tiempo de descanso para echar una ojeada a una revista y hacer alguna llamada que otra. Pero que nadie dude que, si en esos momentos tocaban RETEN, en cuestión de segundos, la gente volaba para formar delante del Cuerpo de Guardia.En el Regimiento, el toque de RETEN era una de las cosas que se cumplía escrupulosamente...ya estuvieras con un calimocho en la mano...un bocata de anchoas con foie-gras en la otra...tumbado en la litera...paseando por el jardincillo...o llamando por teléfono a la novia...

Y lo cuento así, burdamente, para dejar constancia de que, pese a parecer una imagen patética de nuestra actividad en el cuartel, cuando tocaba "currar", se hacía con la debida celeridad y prontitud...¡que nadie lo dude!




21/05/2007

Actualización de comentarios

historias de El Pardo: los primeros días en el Regimiento

modificación de los Comentarios a la entrada referente a Doña Vicenta:


22:45 jueves, 14 de diciembre · Julio G. Blanco escribió: Hola: Doña Vicenta ya estaba por allí en 1.964. Todos los días entraba a las 7 de la mañana por la "puerta de carros" y se instalaba en el vestíbulo de las escaleras que iban a la Cía. de Guerra Electrónica. Daba pena, verla, a sus años, tirar de aquel carrillo con ruedas hasta los topes de mercancías. Aparte de tabaco, chicle, caramelos, sobres, cuartillas y sellos, vendía hilo y agujas para coser, botones,cordones para las botas, etc... A la hora del desayuno y antes de entrar en el comedor, en los alrededores de su puesto de venta se arremolinaban masivamente los soldados para comprarle bollos, galletas y botecitos de leche condensada Nestlé, pues el desayuno oficial del cuartel sólo se componía de chocolate aguado con leche y un mini chusco con mantequilla. Aquel suplemento alimentario que vendía doña Vicenta nos sabía a gloria. UN SALUDO.

17:06 jueves, 04 de enero · Nieves escribió: Me encanta ver esta pagina tan entrañables recuerdos para muchos, yo no recuerdo mucho a Doña Vicenta pero si se que existio, yo viví en el Regimiento con un añito mas o menos, luego hasta hoy sigo viviendo en El Pardo y aunque las cosas han cambiado mucho tengo mil recuerdos de ese cuartel que no cambia por fuera aunque por desgracia si que ha cambiado mucho por dentro. Un saludo

18:51 jueves, 04 de enero · Julio G. Blanco escribió: Nieves: Muchas gracias por tu comentario, me alegra saber de otra persona que pasó por allí, en este caso "una personita" si eras tan pequeña. Si te animas, nos puedes contar alguna anécdota o historia de tus tiempos. Será muy bien recibida. Un cordial saludo.

12:10 viernes, 05 de enero · Nieves escribió: Pues anecdotas muchas... yo llevo el El Pardo desde el 72 y mi padre en el Regimiento de siempre juras de bandera, fiestas de San Fernando, no nos perdiamos ni una, hemos conocido mucha gente que ha pasado por alli, desde coroneles hasta el soldadillo haciendo la mili, en la piscina del Gamo pasaban muchos chicos que hacian la mili y colaboraban el la piscina, camareros, jardineros que hay con muchos que sigo viendo desde hace 25 años, yo que se... podria contar muchas cosas pero tendria que escribir un libro, intentare recordar algunas cosas y ya las ire escribiendo. y Tu hiciste la mili en el 64 o eras militar???? Un saludo y que os traigan muchas cosas los reyes.

19:09 viernes, 05 de enero · Julio G. Blanco escribió: Nieves: Leído tu comentario te diré que yo hice la mili en el Regimiento desde el 64 al 66, o sea, ya te imaginarás lo viejo que soy. Me licencié como cabo 1º. A ver si te suenan los mandos de la época: el coronel Fernández Andreu, teniente coronel Gallango, comandante Rodríguez; capitanes: Calzada, Cutanda, Sanmamed, Octavio González, Bautista; tenientes: Arístides de la Fuente, de la Riba, Diego Abarca; alférez Gil, sargentos Mayayo, Gagete, Polvorinos, Pajuelo, Mostacero…la mayoría excelentes personas, aunque me imagino que hoy ya serán muy mayores o algunos habrán fallecido.Y ya que hablas de “El Gamo” cuando todavía estaba en obras allí fuimos muchas veces, los que estábamos arrestados, a trabajar de pico y pala… ja, ja, ja…Un cordial saludo y que te traigan muchos regalitos.

09:49 miércoles, 10 de enero · NIEVES escribió: Pues si que hay muchos de ellos que me suenan algunos que conoci en su día como Cutanda que fue amigo de la familia, su hija es madrina de mi hermano pequeño. Y bueno lo de la edad es lo de menos hay que ser joven de espiritu jejejejeje.Y tendre que agradecerte que cogieras el pico y la pala pq la verdad que en el gamo he pasado muy buenos momentos.Un saludo2

1:17 sábado, 21 de abril · Rafael_Tenerife escribió: Hola, Yo estuve en el pardo en 1986 y recuerdo perfectamente a doña Vicenta.Recuerdo que por la celebración de San Fernando, se hizo un acto teatral por parte de los soldados que servíamos en ese remplazo en el cine del puebo, y el coronel llevó al acto a doña vicenta para darle un homenaje. La anecdota es que la mujer se empeñó en que el acto no continuaba si no estaba presente un cabo 1º de mi compañía la 3 de transmisiones (creo que el apellido era Congosto, aunque no lo recuerdo bien). Ante tal asunto el Coronel envía su coche a buscar al primero que estaba de guardia en el Polvorín. El primero contó despues del acto que se llevó un buen susto cuando aparece a buscarlo el chofer del coronel con el coche oficial.

22:20 sábado, 21 de abril · Julio G. Blanco escribió: Rafael: Muy curiosa anécdota la que cuentas de doña Vicenta. Sé bienvenido a este Blog que también es el tuyo. A ver si te animas a contarnos mas historias de tus tiempos de mili, mandarnos alguna foto o cualquier otra cosa que consideres interesante. Muchas gracias por tu visita y un saludo.1

8:31 miércoles, 25 de abril · Rafael_Tenerife escribió: La foto que aparece de Doña Vicenta, debe ser posterior al 86, ya que yo la recuerdo practicamente igual, y si no cambió de habitos está sentada en la entrada del edificio donde estaba la 2ª y 3ª compañía de transmisiones, que tenía en la planta baja los comedores.Parece que la esté viendo sentada allí.

18:12 jueves, 26 de abril · Julio G. Blanco escribió: Hola: esta foto venía en el desaparecido periódico"YA" de Madrid el 10 de Mayo de 1.984 en una entrevista que le hicieron. El texto de esta entrevista está en el Foro. No cabe duda de que en aquellos años Doña Vicenta no cambió mucho y tenía siempre el mismo aspecto. Un saludo.1

21:09 lunes, 14 de mayo · antonio bonilla siro escribió: me ha sorprendido gratamente encontrar esta pagina, pues yo hice la mili en el regimiento en el 77 y 78. Yo estaba en la plana mayor y mi destino fue la seccion operaciones con el teniente morales. Me acuerdo que la mayoria de los que estabamos en las oficinas nos reuniamos en el archivo el cual lo llevaba el soldado sacarino de alcuescar.22:28 martes, 15 de mayo · Julio. escribió: Estimado Antonio Bonilla: Bienvenido a este Blog de veteranos del Regimiento de Transmisiomnes.Cuando quieras puedes mandarnos fotos de tu época o contarnos cualquier historia de tus tiempos.- Un saludo.
16 mayo, 2007 19:14